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Si Santo Domingo de Guzmán viviese hoy

 

¿qué nos diría?

 

 

 

Si Santo Domingo De Guzmán Viviese Hoy  ¿Qué Nos Diría?

 

 

Si santo Domingo de Guzmán, nuestro padre y fundador, viniera hoy a nuestra sociedad del 2019, a la comunidad dominicana, a la Universidad Santo Tomás Colombia ¿qué vería?, ¿qué pensaría?, ¿qué respuesta daría?, ¿qué nos diría?

 

Para acercarnos a una posible respuesta, quienes nos alimentamos  de la espiritualidad de este gigante predicador del siglo XIII, acerquémonos a la fisonomía espiritual que nos dejó Fray Constantino de Orvieto (en el siglo XIII), en su Narración sobre Santo Domingo de Guzmán, escrita por mandato del Maestro de la Orden Fray Juan Teutónico:

 

“El venerable Padre y hombre de Dios Domingo era de tanta honestidad de costumbres, y tan fervoroso en todo lo que hacía, que nadie que observara detenidamente su vida podía poner en duda que era un vaso de honor y de gracia, una taza guarnecida con piedras preciosas. En todo demostraba una valiente ecuanimidad, excepto cuando era más fuerte la compasión y la misericordia. Y puesto que un corazón alegre resalta en el rostro, en su bondad externa proyectaba su belleza interior. Y a pesar de que su rostro estaba siempre alumbrado por la claridad de su sonrisa demostrando una conciencia limpia, la luz de su semblante nunca quedaba baldía. Esta cualidad seducía a todos de tal manera que, sin ninguna dificultad los conquistaba y nada más mirarle, le querían. A la hora de las resoluciones estaba tan atento creyendo siempre que era Dios quien decidía, que apenas una sola vez o nunca rectificó una palabra pronunciada con justa deliberación. Dondequiera que se encontrase, bien de camino con sus compañeros, bien en la posada con el posadero y su familia, bien con gente importante, príncipes o prelados, de sus labios brotaban siempre palabras edificantes acompañadas de muchos ejemplos con los que persuadía a quien le escuchaba para amar a Cristo y despreciar lo mundano.

 

Su conversación diaria estaba siempre llena de temas santos, porque las palabras de aquel cuyo corazón estaba siempre pendiente del cielo no se desprendían de sus labios por casualidad. En todas partes, con palabras y obras se comportaba como un hombre evangélico. De día, nadie como él en trato siempre honesto y amable con sus frailes y compañeros. De noche, nadie como él tan diligente en las vigilias y oraciones”.

 

Santo Domingo fue un hombre con una apertura singular a la verdad del mundo, a la verdad del hombre y a la Verdad de Dios. Santo Domingo no se encerró, abrió su vida y su proyecto a todos los hombres y buscó la Verdad en ellos, en el mundo y en Dios y compartía esta verdad con Dios en las largas vigilias nocturnas y con los hombres en las extensas extenuantes jornadas de cada día. Hablaba de la verdad de las personas a Dios y de la verdad de Dios a los hombres.

 

Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.

 

Se mostraba amable con todas las personas y todos cabían en su amplio y ardiente corazón y por todos era amado, excepto por los herejes.

 

Con frecuencia pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus fuerzas a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin instituyó la Orden de Predicadores (o Comunidad de los padres dominicos), realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente mucho tiempo.

 

Ante tantos inconvenientes y problemas que nos asfixian, fraternalmente invito a que sigamos el ejemplo de santo Domingo, deseoso buscador del Amor, que con toda seguridad en muchos encuentros con Dios dijo como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). Estas palabras resumen su itinerario. No las puede pronunciar quien no cree y quien no ha caminado mucho tiempo para buscar, encontrar y conocer al Señor.

 

Sé muy bien que quienes se alimentan de la espiritualidad dominicana, buscan el Amor. Todos buscan Amor, y un Amor que es supremamente hermoso. Incluso cuando en el amor humano se cede ante la debilidad, se sigue buscando un amor hermoso y puro. En definitiva ese Amor no puede darlo nadie fuera de Dios. Por esta razón hay que estar dispuestos, como santo Domingo de Guzmán, a seguir a Cristo sin miedo a los sacrificios. Busquemos a Cristo porque Él sabe lo que hay en nuestro interior (cf. Jn 2,25), en nuestro corazón, y sabe dar respuestas verdaderas a nuestras preguntas.

 

¿A quién podemos ir nosotros, que buscamos la paz, la justicia, la solidaridad, la felicidad, la alegría, la belleza, la honradez, la pureza, en una palabra, que buscamos el Amor?  Cristo “el buscado”, “el deseado”, se hace encontrar, y nos colma de auténtica alegría. Una alegría que no desaparece nunca, porque está destinada a continuar en la plenitud de la vida, más allá de la muerte. Si no se busca a Dios, falta la respuesta a los deseos más verdaderos y profundos del corazón humano, y la vida se llena de componendas y tensiones interiores. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). Esta ha de ser nuestra respuesta.

 

Dios quiera que al final de nuestra vida quienes nos alimentamos de la espiritualidad dominicana, podamos decir como el apóstol san Pablo, predicador de los gentiles: “he combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe… Me aguarda el premio merecido y junto a mí a todos los que tienen amor a su venida”.

 

 

Fr. Francisco Sastoque, o.p.