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Sé cuando te sientas y cuando te levantas...

(Salmos 139.2)

Ventana al Infinito. Copyright © 2011 - Universidad Santo Tomás - Todos los derechos reservados.  
 

 

 


“Seamos solidarios entre nosotros

 

y con todos”

 

 

Vigésimo Quinto Domingo Ordinario A

 

 

Libro del profeta Isaías (Is 55,6-9)

 

“Buscad al Señor mientras se lo encuentra, invocadlo mientras está cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 144)

R/. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

 

Día tras día te bendeciré, Dios mío,

y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor y merece toda alabanza,

es incalculable su grandeza.

 

El Señor es clemente y misericordioso,

lento a la cólera y rico en piedad;

el Señor es bueno con todos,

es cariñoso con todas sus criaturas.

 

El Señor es justo en todos sus caminos,

es bondadoso en todas sus acciones;

cerca está el Señor de los que lo invocan,

de los que lo invocan sinceramente.

 

 

Carta de san Pablo a los Filipenses (Flp 1,20c-24.27ª)

 

“Hermanos: Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero no sé qué escoger.

Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros.

Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.”

 

 

Aleluya

 

Aleluya, aleluya

“Abre, Señor, nuestro corazón, para que comprendamos las palabras de tu Hijo.”

Aleluya.

 

 

Evangelio de san Mateo (Mt 20,1-16)

 

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

-El Reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.

Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo:

“Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.”

Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:

“¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”

Le respondieron:

“Nadie nos ha contratado.”

Él les dijo:

“Id también vosotros a mi viña.”

Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:

“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.”

Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.

Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:

“Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

Él replicó a uno de ellos:

“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”

Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.”

 

 

Reflexión

 

Las palabras del profeta Isaías son una reflexión de algo que experimentamos a diario pero de lo que no nos llegamos a convencer: que Dios tiene una visión y una manera diferente de la nuestra de hacer las cosas. Por eso muchas veces, nosotros, que funcionamos con esquemas previsibles y desde una lógica humana, sentimos cómo nuestros planes o entendimientos se nos rompen porque los sucesos no ocurren como nosotros los hemos calculado o esperábamos. Quisiéramos atar a Dios a nuestra manera y voluntad y escribir nuestro destino como queremos que suceda, pero finalmente tenemos que aguantarnos tal y como aparecen las cosas. Se nos ha olvidado que nosotros no somos los dueños de nuestra vida ni de nuestro destino. No busquemos limitar la acción divina, porque no lo conseguiremos y, en consecuencia, nunca podremos comprenderlo. Es que el corazón cuando ama no se somete a las lógicas de la razón. Y como el corazón de Dios es infinitamente misericordioso, Dios es igualmente bueno y cariñoso con todos.

 

La parábola que narra el texto del evangelio de este domingo, es muy desconcertante. Nos sitúa en el mundo de los campesinos y de los jornaleros, del dueño de un latifundio, muy frecuente en la Galilea de la época de Jesús, por lo que esta situación les era muy familiar a los oyentes de aquel momento.

 

En la medida en la que se va desarrollando esta historia nosotros ya tenemos un final preconcebido: cada uno de los jornaleros recibirá un salario proporcional a las horas de trabajo.

 

Lo que verdaderamente sorprende a los oyentes de esta parábola es el versículo 10: "Al llegar los jornaleros que trabajaron todo el día, pensaban que recibirían más salario, pero ellos también recibieron un denario cada uno, igual que los demás". Los que trabajaron la jornada completa no consideraron una injusticia que los jornaleros que trabajaron sólo una hora cobraran igual que ellos. Los jornaleros de la parábola se quejan no porque se les pagara menos de lo que les pertenecía, sino de que hiciese a los demás iguales a ellos, cuando ellos se creían los primeros y merecedores de un trato especial, pues eran de confianza y empleados fijos. Al final la envidia y la falta de distinción es el problema y lo que les ha hecho protestar.

 

A veces uno cree que se merece más que los demás, porque rezó más, porque hizo más cosas... Y nos desconcierta un Dios que actúa desde un amor en gratuidad y bondad. Un Dios que ama incluso a aquellos que podemos considerar sin méritos y que por ello no debieran recibir tanto. Quisiéramos ser nosotros los únicos beneficiarios y valorados. Y nos duele y nos altera el hecho que Dios ame y cuide a aquellos que me son indiferentes.

 

Todas las personas son iguales ante Dios, da igual el que ha recibido la gracia de la fe en la infancia que en la edad adulta. Cada uno tendrá que dar un fruto proporcional al momento de ser llamado, no antes. Para quien sigue al Señor, la vida, el atardecer, no termina ni demasiado pronto ni demasiado tarde.

 

La paga final que nos dice la Palabra nos hace caer en la cuenta que no es la cantidad de servicio lo que cuenta, sino el amor con el que se hace. Todo lo que Dios nos da, nos lo da por su gracia, sin nosotros merecerlo. Lo que Dios da no es paga, sino regalo; no es un salario, sino una gracia.

 

De esta manera, la parábola nos revela cómo es Dios y cómo es su actuar. Pero no es este su fin, sino que el fin es el mostrarnos cómo debemos comportarnos con los hermanos que consideramos justos. Tengo que alegrarme de mi hermano, de lo bueno que le sucede, y he de alegrarme cuando veo cómo Dios lo bendice, no dejándome corroer el corazón por la envidia de querer ser siempre "yo". La parábola que nos presenta la liturgia de este domingo, nos pide que seamos solidarios entre nosotros, los afortunados con los desafortunados, los justos con los pecadores, pues así es Cristo y el Reino que nos anuncia. Cristo no hace diferencias entre justos y pecadores, y hasta come con los que han sido rechazados y marginados. Ello ha generado muchas críticas hacia Él, pues los que se han considerado justos se han sentido ofendidos con esta forma de proceder. Jesús nos enseña que su amor y su gracia es puro don y gratuidad que nadie se merece. Que el Reino de Dios es igual para todos, pues "los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos", frase con la que concluye esta parábola.

 

Con un corazón envidioso no se puede entender a Dios, que es infinitamente bueno y que cuando hace el bien nos descoloca, porque lo hace con quienes no creemos que lo merecen. Y Dios, a pesar de todo, sigue siendo justo sin dejar de ser misericordioso. Dios es un misterio insondable y lleno de sorpresas.

 

Nosotros, llamados a la viña del Señor a distintas horas, sólo tenemos motivos de agradecimiento. La llamada, en sí misma, ya es un honor. Todos tenemos suficientes motivos para ser agradecidos con Dios, especialmente, porque nos escogió para sí y nos guardó para servirle a Él solo.

 

En cada jornada somos llamados por Dios para llevar a cabo sus planes de redención; en cada situación recibimos ayudas sobrenaturales eficaces para que las circunstancias que nos rodean nos sirvan de motivo para amar más a Dios y para realizar la digna misión encomendada. Nadie ha fracasado en la tarea, como tampoco Cristo fracasó en la Cruz. No olvidemos, Dios tiene pocos amigos en la tierra. Ante las exigencias que se presentan, no deseemos salir de este mundo, ni rechacemos el peso de los días, aunque a veces se nos hagan muy largos. Tengamos mucho ánimo, sabiendo, que además, estamos protegidos por el Corazón Materno y Purísimo de Santa María, mi refugio y mi fortaleza.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.