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(Psalm 139.3)

Ventana al Infinito. Copyright © 2011 - Universidad Santo Tomás - Todos los derechos reservados.  
 

 

 

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“Con tu perseverancia salvarás tu alma”

 

 

Trigésimo Tercer Domingo Ordinario C

-Maqueta del antiguo Templo de Salomón en Jerusalén-

 

 

Libro del profeta Malaquías (Mal 4,1-2ª)

 

“Mirad que llega el día, ardiente como un horno: malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir -dice el Señor de los ejércitos-, y no quedará de ellos ni rama ni raíz. Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia, que lleva la salud en las alas.”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 97)

R/. El señor llega para regir la tierra con justicia.

 

Tocad la cítara para el Señor,

suenen los instrumentos:

con clarines y al son de trompetas,

aclamad al Rey y Señor.

 

Retumbe el mar y cuanto contiene,

la tierra y cuantos la habitan,

aplaudan los ríos, aclamen los montes,

al Señor que llega para regir la tierra.

 

Regirá el orbe con justicia,

y los pueblos con rectitud.

 

 

Segunda Carta de san Pablo a los Tesalonicenses (2Tes 3,7-12)

 

“Hermanos: Ya sabéis cómo tenéis que imitar mi ejemplo: no viví entre vosotros sin trabajar, nadie me dio de balde el pan que comí, sino que trabajé y me cansé día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviera derecho para hacerlo, pero quise daros un ejemplo que imitar. Cuando viví con vosotros os lo dije: el que no trabaja, que no coma. Porque me he enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada. Pues a ésos les digo y les recomiendo, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan.”

 

 

Aleluya

 

Aleluya, aleluya.

“Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación.”

Aleluya.

 

 

Evangelio de san Lucas (Lc 21,5-19)

 

“En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo:

- Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.

Ellos le preguntaron:

- Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?

Él contestó:

- Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nombre diciendo: “Yo soy” o bien “el momento está cerca”; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico.

Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.

Luego les dijo:

- Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre.

Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.

Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre: así tendréis ocasión de dar testimonio.

Haced propósito de no preparar vuestra defensa: porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre.

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.”

 

 

Reflexión

 

Leyendo el discurso escatológico del evangelista san Lucas (cfr. Lc 21,5-19), que nos presenta la Liturgia de este penúltimo domingo del año litúrgico (domingo XXXIII del tiempo ordinario), se siente como la preocupación de una venida inmediata del Señor (cfr. Lc 21,9) y como si la destrucción de Jerusalén ya hubiera sucedido (cfr. Lc 21,5-9. 20-24).

 

El evangelio recuerda a los cristianos que Jesús tenía razón cuando se preocupaba por la fidelidad a la escucha de su palabra (cfr. Lc 21,10-19). La persecución y muerte que la iglesia naciente estaba sufriendo fue anunciada por la palabra de Jesús. Esta misma realidad la vivimos hoy en muchos lugares del mundo. El Señor nos pone en esta misma realidad: se salvará quien sepa perseverar hasta el final (cfr. Lc 21,19; Hb 10,36.39; 12,3).

 

La venida del Señor es alegría y gozo para el cristiano, pues, es el cumplimiento de una promesa y la liberación definitiva (cfr. Lc 21,28; 2Tes 2,9-12; 2,13-14), pero, a la vez es el tiempo de la salida de una falsa seguridad en la que podemos estar aprisionados ahogándonos (cfr. Lc 21,36).

 

No dejemos pasar esta sublime y hermosa realidad: “Nuestro Dios es un Dios de Amor”. Él no nos puede salvar sin nuestro aporte. Por esto realizó la alianza con su pueblo: La salvación es el encuentro de la Fidelidad de Dios y la fidelidad del hombre.

 

Sin embargo, en el transcurrir de la historian de la humanidad y de la historia de nuestra existencia personal se ha visto la Fidelidad absoluta de Dios en todo instante y lugar, y la triste y dolorosa infidelidad de nosotros, su pueblo escogido. Bajo la acción de los profetas nace la esperanza y atención hacia un Hombre, nuestro Señor Jesucristo -Dios y hombre- quien finalmente asumirá nuestra fidelidad en el misterio de la redención para darla a Dios, al Padre celestial, de manera absoluta e incondicionada. De esta amorosa acción, Dios realizará la plenitud de la promesa a su pueblo. Una promesa de Vida tal, que no nos deja a solos, sino que está en medio de nosotros caminando a nuestro lado para llevarnos de la realidad de este mundo presente que fenece a la Vida eterna, la nueva tierra y los nuevos cielos. Un caminar en el que la Misericordia nos da un corazón nuevo que nos hará sensibles a la acción del Santo Espíritu.

 

En el discurso escatológico, Jesús explica el significado de su intervención mesiánica, usando el vocabulario y los temas de la literatura apocalíptica, lenguaje difícil para nosotros. La intervención histórica del “hijo del hombre” inaugura los últimos tiempos. La plenitud de vida es acortada. La obra del Mesías es colocada bajo el signo del universalismo. Él debe reunir a todos los hombres de los cuatro vientos, porque todos somos llamados a ser hijos del Padre Celestial, Jerusalén es condenada porque ha traído su misión transformando en privilegio para sí el servicio rendido por todos los pueblos: Jerusalén no ha renunciado a su particularismo.

 

El Reino del Hijo del hombre no es el triunfo sobre los enemigos del pueblo elegido, sino su camino de obediencia hasta la muerte en la cruz. La Vida que lleva a la plenitud esperada ha de pasar a través de la muerte para entrar en la vida eterna: porque la muerte, aceptada en la obediencia, puede ser la realidad donde se realiza el más grande Amor por Dios y por los hombres.

 

Interviniendo en la historia de modo diverso a la expectativa del pueblo, Jesús, el Señor, no aporta una plenitud completamente hecha. No es una intervención mágica que des-responsabilice al hombre. La plenitud de la promesa es dada en una espera de ser completada. Es un don, pero a su vez un esfuerzo. Dios quiere involucrar al hombre en la venida del “Reino". La plenitud verdaderamente última será el encuentro de las dos fidelidades: la Fidelidad de Dios y la fidelidad del hombre.

 

Después de la resurrección de Cristo, Él reunió a toda la humanidad en una comunión de Amor con Dios y así el mundo entró en una fase decisiva de su crecimiento, con vista a la recapitulación universal en Jesucristo.

 

Al centro de este dinamismo la Iglesia tiene una parte esencial, en cuanto es el cuerpo de Cristo. Y como tal debe seguir la vía del Maestro: la muerte para alcanzar la vida. Y debe aun continuamente superar la tentación de identificarse con el reino definitivo y de cerrarse en el particularismo, como lo dijimos antes.

 

Los muros de separación que los pueblos y las áreas culturales no cesan de elevar entre ellos, son fundamentalmente el obstáculo más grave a la reunión del universo. La misión de la Iglesia es el superar este obstáculo. El medio es el Amor a los enemigos que derriba las barreras puestas por el hombre. Hoy más que nunca se hace necesario la tarea de la Iglesia.

 

Uno de los problemas fundamentales de nuestra época es el encuentro de las culturas. Esto es un problema político, social, económico... Problema que sin el Amor gratuito y universal, no podrá alcanzarse la solución. La misión profética de la Iglesia responde a una doble exigencia: dar sentido a la historia de los hombres y denunciar la ambigüedad y los errores. Es importante que la Iglesia, para esta labor, se deje guiar por el Espíritu en el discernimiento de los hechos de la historia: en efecto, cuando menos se lo espera, se abren posibilidades imprevistas de crecimiento para la llegada del Reino. Si el Espíritu mueve a la Iglesia a dar testimonio concreto en medio del mundo, ¿cuál es tu acción concreta en el medio en que te encuentres?

 

 

Francisco Sastoque, o.p.