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La Luna

 

 

“La vista desde la luna es tan hermosa, ¡qué afortunado soy!”, pensaba el duende Serafín mientras observaba un enorme planeta azul llamado Tierra.

 

Serafín, el único habitante de la Luna, quería que desde la Tierra su hogar se viera muy hermoso y brillante, entonces decidió limpiar la Luna todos los días y dejarla lista para ponerle magia a su alrededor: con una esponja, un jabón, un poco de polvo de hadas y música, la lavaba mientras bailaba y cantaba sin parar.

 

Un día se levantó algo cansado y pensó: “¿yo para que limpio la Luna si la disfrutan seres que no saben que existo y que jamás me lo agradecerán? Voy a dejar de hacerlo. Me voy a dedicar a descansar y a vivir solo para mí”.

 

Serafín empezó a contar estrellas y a hacer figuras imaginarias con ellas. A veces, hasta se inventaba historias que sólo él oía. Eran días bastante aburridos.

 

Otro día, mientras dormía, se le apareció un hada y le dijo:

“Serafín, tú eres un duende único y al que muchos necesitan. Cuando tu entusiasmo y tu corazón te llevan a una acción, hazla, no lo dudes. No importa si sientes un reconocimiento, la mayor recompensa es ser feliz y disfrutar de lo que haces, y, Serafín, poner eso que te gusta al servicio de los demás, te hace grande. Si la Luna sigue ensuciándose va a dejar de brillar”.

 

El duende se despertó e inmediatamente fue por su esponja y su jabón y empezó a cantar su canción favorita. Ese día limpió la Luna mejor que nunca, le puso todo su corazón a lo que estaba haciendo y cada centímetro de ella brillaba.

 

Al llegar la noche, mientras Serafín estaba parado encima de la Luna, el Sol se fue acercando. Era noche de eclipse y el movimiento del Sol, la Luna, la Tierra y la posición donde se encontraba el duende se alinearon. En ese maravilloso momento el reflejo del duende se marcó en todo el planeta Tierra. Todos lo vieron y desde ese día supieron que existía.

 

Serafín apreció eternamente la alegría con la que se llena el corazón cuando se pone lo que se sabe hacer al servicio de los demás y hoy, luego de muchos siglos, sigue trabajando por nuestras brillantes noches.

 

 

(María Paulina García B., Avianca en Revista, p. 110)