Inicio Presentación Mensajes Nuevos Sentido Del Monumento
Sentido Del Monumento PDF Imprimir E-mail



EL SENTIDO DEL MONUMENTO

 

 

La oración en Getsemaní

 

Después de la Ultima Cena, Jesús y los Apóstoles recitaron los salmos de acción de gracias, como era costumbre. Y la pequeña comitiva se puso en marcha en dirección a un huerto cercano, llamado de los Olivos. Jesús había advertido a Pedro y a los demás que, esa noche, todos -de un modo u otro- le negarían dejándole solo.

 

"Llegaron a una finca llamada Getsemaní. Y Jesús dijo a sus discípulos: Siéntense aquí, mientras hago oración. Y llevándose con él a Pedro, a Santiago y a Juan, comenzó a sentir pavor y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está triste hasta la muerte; quédense aquí y velen" (Mc 14,32-34). Y se apartó de ellos como un tiro de piedra (Lc 22,41). Jesús sintió una inmensa necesidad de orar. Se detuvo junto a unas rocas y cayó abatido: Se postró en tierra (Mc 14,15), escribe San Marcos. San Lucas nos dice: se puso de rodillas (Lc 22,41), y San Mateo precisa más: se postró rostro en tierra (Mt 26,39), aunque de ordinario los judíos oraban de pie. Jesús se dirigió a su Padre en una oración cargada de confianza y ternura, en la que se entregó totalmente a Él; Padre mío, le dice. Si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieres Tú.

 

Poco tiempo antes les había comunicado a sus discípulos: Mi alma está triste hasta la muerte; estoy sufriendo una tristeza capaz de causar la muerte. Así sufre Jesús: Él, que es la misma inocencia, carga con los pecados de todos los hombres.

 

Tomó como si fueran suyos los pecados de los hombres y se prestó a pagar personalmente todas nuestras deudas. Todas: las debidas por los pecados ya cometidos, las debidas por los que se estaban cometiendo en aquel momento, y las deudas de los pecados que se cometerían hasta el final de los tiempos.

 

El Señor no sólo salió fiador de culpas ajenas, sino que se hizo tan uno con nosotros como es la cabeza con el cuerpo: "quiso que nuestras culpas se llamasen culpas suyas; por eso no solamente pagó con su sangre, sino con la vergüenza de esos pecados". Todas estas causas de sufrimiento eran captadas en toda su intensidad por el alma de Cristo.

 

Meditemos en silencio cómo sufrió Jesús: y entrando en agonía oraba con más intensidad (Lc 22,43). ¡Cuánto hemos de agradecer al Señor su sacrificio voluntario para librarnos del pecado y de la muerte eterna. ¡Jesús entra en agonía y llega a derramar sudor de sangre! "Jesús, solo y triste, sufrió y empapó la tierra con su sangre.

 

De rodillas sobre el duro suelo, perseveró en oración... Lloró por ti... y por mí: le aplastó el peso de los pecados de la humanidad. Pero su confianza en el Padre no desfalleció, y perseveró en oración. Cuando el cuerpo parecía que ya no podía resistir más, vino un ángel a confortarlo. La naturaleza humana del Señor se nos muestra en esta escena con toda su capacidad de sufrimiento.

 

En nuestra vida pueden darse momentos de lucha muy intensos, quizá de oscuridad y de dolor profundo, en que nos cueste aceptar la Voluntad de Dios, con tentaciones de desaliento. La imagen de Jesús en el Huerto de los Olivos nos señala cómo hemos de proceder en esos momentos: abrazarnos a la Voluntad de Dios, sin poner límite alguno ni condición de ninguna clase, e identificarnos con el querer de Dios por medio de una oración perseverante.

 

"Jesús oró en el huerto: Padre mío (Mt 26,39), Abba, Padre! (Mc 14,36). Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufriò, por cumplir la voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino al sufrimiento?

 

Jesús nos contempla en aquella noche con una simple mirada. Mira las almas y los corazones a la luz de su sabiduría divina. Ante sus ojos desfila el espectáculo de todos los pecados de hombres y mujeres, sus hermanos. Ve la deplorable oposición de tantos que desprecian la satisfacción que Él ofreció por ellos, la inutilidad para muchos de su sacrificio generoso. Sintió una gran soledad y dolor moral por la rebeldía y la falta de correspondencia al Amor divino.

 

Por tres veces buscó la compañía en la oración de aquellos tres discípulos. Velen conmigo, permanezcan a mi lado, no me dejen solo, les había pedido. Y al volver los encuentra dormidos, pues sus ojos estaban pesados; y no sabían qué responderle. Quizá buscaba en aquel tremendo desamparo un poco de compañía, de calor humano. Pero los amigos abandonaron al Amigo. Era aquélla una noche para estar bien despiertos, para estar en oración; y se durmieron. No amaban aún bastante y se dejaron vencer por la debilidad y por la tristeza, y dejaron a Jesús solo. No encontró el Señor un apoyo en ellos; habían sido escogidos para eso y fallaron.

 

Hemos de rezar siempre, pero hay momentos en que esa oración se ha de intensificar. Abandonarla sería como dejar abandonado a Cristo y quedar nosotros a merced del enemigo. ¿Por qué duermen?, les dice –ahora nos dice también a nosotros-. Levántense y oren para no caer en la tentación (Lc 22,46). Por eso digámosle a Jesús: "Si ves que duermo; si descubres que me asusta el dolor; si notas que me paro al ver más de cerca la Cruz, ¡no me dejes! Dime como a Pedro, como a Santiago y como a Juan, que necesitas mi reciprocidad, mi amor. Dime que para seguirte, para no volver a dejarte abandonado con los que traman tu muerte, tengo que pasar por encima del sueño, de mis pasiones, de la comodidad.

 

Nuestra meditación diaria, si es verdadera oración, nos mantendrá vigilantes ante el enemigo que no duerme. Y nos hará fuertes para sobrellevar y vencer tentaciones y dificultades. Si la descuidáramos nos encontraríamos en mano del enemigo, perderíamos la alegría y nos veríamos sin fuerzas para acompañar a Jesús.

 

También hoy Jesús desea nuestra compañía. Y sin oración, ¡qué difícil es acompañarle!; nuestra experiencia personal nos lo dice. Pero si nos hacemos fuertes en nuestro trato diario con Él, podremos decirle con certeza: Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré (Mc 14,31). Pedro no pudo cumplir su promesa aquella noche, entre otras cosas, porque no perseveró en la oración que le pedía su Señor. Después de su arrepentimiento, sería fiel a su Maestro hasta dar la vida por Él, años más tarde.

 

La contemplación de esta escena de la Pasión puede ayudarnos mucho a ser fuertes para no dejar nunca nuestra oración diaria, y para cumplir la Voluntad de Dios en cosas que nos cuesten. ¡Señor, que no se hagan las cosas como yo quiero, sino como quieres Tú! "Jesús, lo que tú 'quieras'... yo lo amo", le decimos hoy con toda sinceridad.

 

Los santos han sacado mucho provecho para sus almas de este pasaje de la vida del Señor. Santo Tomás Moro nos muestra cómo la oración de Jesús en Getsemaní ha fortalecido a muchos cristianos ante grandes dificultades y tribulaciones. También él fue fortalecido con la contemplación de estas escenas, mientras esperaba el martirio de su decapitación por ser fiel a su fe. Y puede ayudarnos a nosotros a ser fuertes en las dificultades, grandes o pequeñas, de nuestra vida ordinaria. Escribía Tomás Moro en la prisión: "Sabía Cristo que muchas personas de constitución débil se llenarían de terror ante el peligro de ser torturadas, y quiso darles ánimo con el ejemplo de su propio dolor, su propia tristeza, su abatimiento y miedo inigualable...

 

"A quien estuviera en esta situación, parece como si Cristo se sirviera de su propia agonía para hablarle con vivísima voz: Ten valor, tú que eres débil y flojo, y no desesperes. ¿Estás atemorizado y triste, abatido por el cansancio y el temor al tormento? Ten confianza. Yo he vencido al mundo, y a pesar de ello sufrí mucho más por el miedo y estaba cada vez más horrorizado a medida que se avecinaba el sufrimiento.

 

Mira cómo marcho delante de ti en este camino tan lleno de temores. Agárrate al borde de mi vestido, y sentirás fluir de él un poder que no permitirá a la sangre de tu corazón derramarse en vanos temores y angustias; hará tu ánimo más alegre, sobre todo cuando recuerdes que sigues muy de cerca mis pasos -fiel soy, y no permitiré que seas tentado más allá de tus fuerzas, sino que te daré, junto con la prueba, la gracia necesaria para soportarla-, y alegra también tu ánimo cuando recuerdes que esta tribulación leve y momentánea se convertirá en un peso de gloria inmenso" (Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo). Esto lo escribe quien sabe que será decapitado dentro de pocos días.

 

Nosotros podemos sacar hoy el propósito de contemplar frecuentemente, quizá cada día, este momento de la vida del Señor, el primer misterio de dolor del Santo Rosario. De modo particular puede ser tema de nuestra oración cuando nos cueste un poco más saber descubrir la Voluntad de Dios en los acontecimientos que quizá no entendemos. Podemos entonces rezar con frecuencia a modo de jaculatoria: "quiero lo que quieres, quiero porque quieres, quiero como lo quieres, quiero hasta que quieras" (Misal Romano, Acción de gracias después de la Misa, oración universal de Clemente XI).