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Píldora De Meditación 216 PDF Print E-mail
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¿POR QUÉ ORAR?

 

 

Importancia de la Oración

 

En su libro titulado “Camino de la Esperanza”, el Cardenal Vietnamita  Nguyen Van Thuan nos dejó este testimonio, que es una verdadera campanada de advertencia:

 

“Un día hablé con el Padre Provincial de una gran Congregación sobre la crisis del sacerdocio y las vocaciones religiosas.  Él me dijo que habían enviado una carta a todos los hermanos que habían dejado el sacerdocio para preguntarles por qué lo habían hecho.  Todos contestaron.  Y sus respuestas revelan que no se habían ido por problemas sentimentales, sino porque no oraban.  Algunos dijeron que habían dejado de rezar hacía muchos años.

 

Vivían en comunidad, pero no oraban profundamente; mejor dicho, ni rezaban. Trabajaban mucho, enseñaban y hacían actividades de pastoral en los colegios y universidades, organizaban muchas cosas, pero no rezaban”.

 

“La oración es la fundamentación de la vida espiritual” (Cardenal Nguyen Van Thuan).

 

“Muchas vocaciones están en crisis, no se realizarán.  Muchas familias sufren dificultades, se separarán y se pelearán.  Mucha gente pierde el gusto por la vida y el trabajo, están descontentos y vacíos. Y todo esto porque se ha abandonado la oración”  (Beata Teresa de Calcuta).

 

“Todo se renueva en la oración, tanto los individuos como las comunidades.  Surgen nuevos objetivos e ideales” (Juan Pablo II).

 

No es de extrañar que el Catecismo de la Iglesia Católica dedique una quinta parte (20%) de sus páginas al tema de la oración, en forma muy extensa y explícita, y tratando todas las formas de oración, inclusive la de la contemplación, que erróneamente ha estado reservada para vocaciones especiales.

 

Son tan detallados los capítulos que el Catecismo de la Iglesia Católica dedica a la oración, que trae hasta consejos prácticos para la oración y trata también los errores en que pueden caer los orantes.

 

El tratamiento que da el Catecismo de la Iglesia Católica a la oración denota la importancia que le asigna el Magisterio de la Iglesia a la misma.

 

La oración es la llave que abre nuestro corazón y nuestra alma al Espíritu Santo; es decir, a su acción de transformación en nosotros. Al orar, permitimos a Dios actuar en nuestra alma -en nuestro entendimiento y nuestra voluntad- para ir adaptando nuestro ser a su Divina Voluntad. (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica #2825-1827)

 

La oración nos va descubriendo el misterio de la Voluntad de Dios. (cfr. Ef.1, 9)

 

La oración va conformando nuestro ser a esa forma de ser y de pensar divinas: nos va haciendo ver las cosas y los hechos como Dios los ve. Ver el mundo con los ojos de Dios.

 

En el silencio Dios se comunica mejor al alma y el alma puede mejor captar a Dios.  En el silencio el alma se encuentra con Dios y se deja amar por Él y puede amarle a Él.

 

En el silencio el alma se deja transformar por Dios, quien va haciendo en ella su obra de "Alfarero", moldeándola de acuerdo a su Voluntad (cfr.Jer.18,1-6).

 

La oración nos va haciendo conformar nuestra vida a los planes que Dios tiene para nuestra existencia.

 

En fin: la oración nos va haciendo cada vez más "imagen de Dios", nos va haciendo más semejantes a Cristo.

 

La oración nos va develando la verdad, sobre todo la verdad sobre nosotros mismos: nos muestra cómo somos realmente, cómo somos a los ojos de Dios:

 

Los seres humanos solemos tener una máscara hacia fuera, hacia los demás: mostramos lo que no somos. Hacia adentro, hacia nosotros mismos, solemos engañarnos: creemos lo que no somos. Sólo en la oración descubrimos la verdad sobre nosotros mismos:

 

Dios nos enseña cómo somos realmente, cómo nos ve Él.

 

La oración nos abre los ojos para comprender las Escrituras, interiorizarlas y hacerlas vida en nosotros. Nos cura del “síndrome de Emaús”.

 

En el silencio de la oración nos encontramos con Dios y nos reconocemos como sus creaturas, dependientes de Él, nuestro Padre y Creador, nuestro principio y nuestro fin.

 

En el silencio de la oración somos como ramas de la Vid que es el Señor, porque nos nutrimos de la savia misteriosa que son las gracias que necesitamos y que Dios nos da, especialmente en esos ratos de oración.

 

“El hombre no puede vivir sin orar, lo mismo que no puede vivir sin respirar” (San Juan Pablo II)

 

“Es necesario que encontremos el tiempo de permanecer en silencio y de contemplar, sobre todo si vivimos en la ciudad donde todo se mueve velozmente.  Es en el silencio del corazón donde Dios habla” (Santa Teresa de Calcuta).

 

“Orad y velad para no caer en la tentación… para aportar a esta sociedad la luz de la Verdad, la fe en las certezas trascendentales y eternas, el gozo de la verdadera esperanza y el compromiso de la caridad animosa.  El mundo necesita más oración”  (San Juan Pablo II, 11-6-83).

 

La oración nos despierta el anhelo de Cielo, los deseos de eternidad, la esperanza en las “realidades últimas” de que nos hablaba San Juan Pablo II.

 

Asimismo, la oración no nos deja desentendernos de las “realidades penúltimas”, porque la verdadera oración, lejos de replegarnos sobre nosotros mismos, nos impulsa a la acción y al servicio a Dios en los hermanos. No filantropía o mero altruismo, sino acción apostólica veraz.

 

Tal vez por todas estas cosas y por el interés del Magisterio de la Iglesia en la oración, San Juan Pablo II nos dejó una consigna que repetía en todos sus viajes y que él mismo practicaba: "Ante todo, creced en el Señor... Abrid siempre más vuestro corazón a Cristo. Acoged su presencia misteriosa y fecunda; cultivad la intimidad con Él en ese encuentro que cambia la vida... Creced siempre en el Señor. Creced hacia la plenitud de Dios" (Ef.3, 19). Y esta consigna no fue precisamente para el Clero o los Religiosos: la dijo para los laicos, para los que debemos estar actuando en el mundo.

 

Y ese crecimiento en el Señor, ese crecimiento hacia la plenitud de Dios no puede darse sin la oración, sin "ese encuentro que cambia la vida".

 

Y ese crecimiento significa ir creciendo en los frutos del Espíritu Santo, algunos de los cuales cita San Pablo en su carta a los Gálatas (5, 22-23): amor, alegría, paciencia, comprensión, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí... pues el Espíritu Santo va infundiendo ésos y otros frutos en el alma de todo aquél que se abre a su acción de transformación divina, sobre todo a través de la oración.

 

“Señor y Dios nuestro,

concédenos la gracia de desearte con todo nuestro corazón,

para que, deseándote, podamos buscarte y encontrarte;

encontrándote podamos amarte y,

amándote, podamos aborrecer aquello

de lo que nos has redimido. Amen”.

(San Anselmo)