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Píldora De Meditación 218 PDF Print E-mail
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“Solemnidad de Pentecostés”

 

Reflexión

 

 

En la Solemnidad de Pentecostés, un sentimiento rebosante de entusiasmo nos invita a acoger las palabras del profeta, que el mismo san Pedro recordó a gritos a hombres y mujeres presentes: escuchen; "lo que ahora sucede es lo que fue predicho por el profeta Joel; y sucederá, dice el Señor, que Yo en los últimos días enviaré a mi Espíritu sobre toda carne, y sus hijos e hijas profetizarán, y sus jóvenes tendrán visiones y sus ancianos tendrán sueños. Sí, en aquellos días, sobre mis siervos y sobre mis siervas, derramaré mi Espíritu y profetizarán..." (Hch 2,14-18).

 

Este sentimiento ha de prevalecer en la Iglesia para dar el anuncio del gran acontecimiento, revelador de la vida íntima de Dios, único en el Ser, trino en las Personas, como había sido predicho ya por Cristo: "Yo pediré al Padre, y Él les dará otro Paráclito, a fin de que permanezca para siempre con ustedes el Espíritu de Verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero ustedes lo conocen, porque vive con ustedes y está en ustedes" (Jn 14,16-17).

 

El Espíritu Santo es luz, es fuerza, es carisma, es infusión de una vitalidad superior, es capacidad de superar los límites de la actividad natural, es riqueza de virtudes sobrenaturales, riqueza de dones -los célebres siete dones que hacen pronta y ágil la actuación del Espíritu Santo coordinada al complejo sistema psicológico humano- y riqueza de frutos espirituales que adornan de belleza el fecundo jardín de la experiencia cristiana (cfr. Gál 5,22-23).

 

Para lograr comprender el mensaje de Pentecostés es preciso permanecer en el Cenáculo, como los discípulos al lado de nuestra Señora. Sabemos que ellos con anterioridad al gran día, estaban "juntos perseverantes en la oración... con María, Madre de Jesús" (Hch 1,14). Es el primero, y muy afortunado retiro espiritual. Al silencio se une la oración, una súplica muy conocida, de invocación, de deseo: ¡Ven! ¡Ven, oh Espíritu Creador! ¡Ven, oh Espíritu Santo! Y el milagro se realiza para nosotros en el momento sacramental de la justificación, la remisión de nuestros pecados, lo sabemos, mediante el sacramento de la Reconciliación, que resucita al alma elevándola al estado de convivencia con la vida divina (cfr. 2Pe 1,4), estado de inefable gracia, estado que deberíamos querer más que la misma vida natural, porque vale para ella y vale más que ella.

 

Por esto, nuestros templos y capillas de la Iglesia universal se transforman en un gran Cenáculo, en el que la comunidad se reúne en vigilia para invocar y acoger el don del Espíritu Santo.

 

El perdón y la Reconciliación desembocan en el cumplimiento del misterio pentecostal; el Espíritu Santo, es decir, Dios Amor, vive en el alma, y el alma inmediatamente se siente invadida por una improvisada necesidad de abandonarse en el Amor; y se siente al mismo tiempo casi sorprendida por un insólito valor, el valor propio de quien es feliz y de quien está seguro; el valor de hablar, de cantar, de anunciar a los demás, a todos "las cosas grandes de Dios" (Hch 2,1).

 

El anuncio de Pentecostés, es el anuncio de la entrega de una vida nueva interior animada por la presencia y por la energía de Dios que se comunica en Amor. Este anuncio es la sublimación de la vida natural en vida sobrenatural, vida de gracia. En Pentecostés se da la Ascensión consciente, personal, de la doble vocación de nuestro pobre ser caduco, tímido, inepto, que se ha capacitado para la contemplación interior y para la acción exterior. Pentecostés es el día natalicio de nuestra Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica. ¡Alegrémonos!

 

En este día de Pentecostés, invoquemos la asistencia del Santo Espíritu diciendo: “Ven, Espíritu Santo, enciende en los corazones de tus fieles la llama de tu amor.”  Amén.