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“El camino de la fe no es el más fácil”

 

 

Trigésimo Noveno Domingo Ordinario B

 

 

Libro del profeta Jeremías (Jr 31,7-9)

 

“Esto dice el Señor: Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: el Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del Norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 125)

R/. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

 

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,

nos parecía soñar:

La boca se nos llenaba de risas,

la lengua de cantares.

 

Hasta los gentiles decían:

“El Señor ha estado grande con ellos”

El Señor ha estado grande con nosotros,

y estamos alegres.

 

Que el Señor cambie nuestra suerte,

como los torrentes del Negueb.

Los que sembraban con lágrimas,

cosechan entre cantares.

 

Al ir, iba llorando,

llevando la semilla;

al volver, vuelva cantando,

trayendo sus gavillas.

 

 

Carta a los Hebreos (Hb 5,1-6)

 

“Hermanos: El Sumo Sacerdote, escogido entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debilidades.

A causa de ellas tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.

Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón. Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino Aquel  que le dijo “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” o como dice otro pasaje de la Escritura: “Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.”

 

 

Aleluya

 

Aleluya, aleluya.

“Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte, y por medio del Evangelio sacó a la luz la vida.”

Aleluya.

 

 

Evangelio de san Marcos (Mc 14,46-52)

 

“En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:

–Hijo de David, ten compasión de mí.

Muchos le regañaban para que se callara. Pero él gritaba más.

–Hijo de David, ten compasión de mí.

Jesús se detuvo y dijo:

–Llamadlo.

Llamaron al ciego diciéndole:

–Ánimo, levántate, que te llama.

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.

Jesús le dijo:

–Anda, tu fe te ha curado.

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.”

 

 

Reflexión

 

Hay una interacción mutua entre fe y realidad salvadora. La fe es causa de salvación, y la salvación aumenta la fe. La esperanza de liberación que animó al pueblo Israel provocó esa misma salvación y la alegría con que se celebra, es una alegría anticipada y anticipadora. En el caso de la curación del ciego Bartimeo, que nos narra en este domingo el evangelio de san Marcos, es la fe, anterior a la curación, la que le sana. Pero, por otra parte, esa salvación hace que Israel descubra en Dios al Padre y que el ciego Bartimeo, recobrada la vista, siga decidido el camino de Jesús.

 

Siguiendo el camino de la fe, ésta comienza con una manifestación de Jesús en la vida del hombre: es necesario que Cristo pase por ella (cfr. Mt 20,30). Pero esta manifestación es misteriosa: el ciego que representa al hombre en la vida de la fe, no ve a Jesús; intuye solamente la presencia del Señor en lo que escucha, pero manifiesta ya su fe dejándose llevar por la iniciativa de Dios. Por ello es que Jesús va a pronunciar esta hermosa bienaventuranza al apóstol Tomás, después de la resurrección: “bienaventurados los que sin ver han creído”. Esta apertura a Dios es contestada de inmediato por el mundo que lo circunda y es necesario todo el coraje para mantener el propósito de apertura del hombre a Dios.

 

La persona candidata a la fe se siente así objeto de la atención de algunos que le revelan la llamada de Dios, que le animan y le invitan a convertirse, tal y como aparece en el relato del evangelio: "alzarse" o resucitar, y dejar el manto", o quitarse el “hombre viejo”. También se resalta el diálogo final del ciego con Jesús: "¿qué quiere? Se trata del esfuerzo definitivo, presentado bajo la forma de pregunta y de respuesta.

 

Restituida la vista al ciego como una visión de la fe, esta gracia o fuerza del Espíritu le induce inmediatamente a "seguir" a Jesús por el camino que Él nos ha trazado: “¿quieres seguirme? Toma la cruz y sígame”. El camino de la fe no es el camino más fácil.

 

Seguir la llamada de Dios es dejar atrás las cosas que le pueden atar o estorbar y andar hacia lo desconocido como lo hiciera Abraham, negando la lógica de la carne y de la seguridad humana para agarrarse y confiar totalmente en Dios.

 

Seguir a Cristo es muy difícil, es muy exigente, requiere estar asidos a la mano del Señor para no flaquear ante tantos ataques ni desfallecer a las tentaciones que la sociedad nos ofrece como fundamento de todas las seguridades humanas. Los nuevos movimientos que se presentan como los auténticos redentores, el progreso tecnológico creciente, la expansión del consumismo a todo nivel, la movilidad migratoria y turística, las urbanizaciones en aumento y caótica con las consiguientes dificultades enormes de integración comunitaria, la agresión homicida de la publicidad, la inestabilidad política, económica y social de los pueblos, con todos los problemas conexos o afines, concurren a causar enormes laceraciones interiores, aún más sensibles en quienes se denominan personas cultas y desean ir a la vanguardia de las últimas novedades. Esta situación que nos acorrala y afixia hoy día y la carencia de una fe consciente y robusta, favorece la pérdida de fe y sus expresiones, hasta llegar a una rotura total con la práctica religiosa.

 

¿Qué decir ante este inminente peligro? Lo primero que tenemos que saber es que en un mundo como el nuestro no hay puesto para una fe anónima, formalista, hereditaria. Es necesaria una fe fundada sobre la profundización de la palabra de Dios, sobre la búsqueda y convicciones personales. Una fe conocida y abrazada y no pasivamente recibida en herencia. Una fe madura y respaldada por la razón y las obras.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.