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Solemnidad De Todos Los Santos 2018 PDF Imprimir E-mail


“SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS”

 

 

“Queridos hermanos y hermanas:

 

Celebramos hoy la Solemnidad de Todos los Santos y mañana conmemoramos a los fieles difuntos. Que estos dos recorridos litúrgicos, muy sentidos, nos ofrezcan una singular oportunidad para meditar en la vida eterna. ¿El hombre moderno todavía tiene esperanza en la vida eterna o piensa que ésta pertenece a una mitología ya superada? En este nuestro tiempo, más que en el pasado, se está tan absorto en las cosas terrenas, que algunas veces resulta difícil pensar en Dios como protagonista de la historia de nuestra misma vida. La existencia humana, por su naturaleza tiende a algo más grande, que la trasciende; es irreprimible en el ser humano el anhelo por la justicia, por la verdad y a la plena felicidad. Frente al enigma de la muerte, en muchos permanece vivo el deseo y la esperanza de encontrar en el más allá a sus seres queridos, así como es también fuerte la convicción de un juicio final que restablezca la justicia, a la espera de un definitivo esclarecimiento donde a cada uno se le dé cuanto le corresponde.

 

"Vida eterna" para nosotros cristianos no indica solo una vida que dura para siempre, es una nueva calidad de existencia, plenamente inmersa en el amor de Dios, que libera del mal y de la muerte y nos pone en comunión sin fin con todos los hermanos y hermanas que participan del mismo Amor. La eternidad, por tanto, puede estar ya presente en el centro de la vida terrena y temporal, cuando el alma por medio de la gracia se une a Dios, su último fundamento. Todo pasa, sólo Dios no cambia. Dice un Salmo: "Vienen a menos mi carne y mi corazón; / más la roca de mi corazón es Dios, / es Dios mi suerte por siempre" (Sal 72/73,26). Todos los cristianos, estamos llamados a la santidad, son los hombres y mujeres que vivimos aferrados en este punto, en esta “roca”; con los pies en su tierra, más el corazón ya en el cielo, vivienda definitiva de los amigos del Dios.

 

Queridos hermanos y hermanas, meditemos estas realidades con el espíritu y nuestro rostro hacia el último y definitivo destino, que da sentido a las situaciones cotidianas. Revivamos el glorioso sentimiento de la comunión de los santos y llegaremos a la meta de nuestra existencia: el encuentro cara a cara con Dios. Recemos para que ésta sea la herencia de todos los fieles difuntos, no solamente de nuestros seres queridos, sino también de todas las almas, especialmente las más olvidadas y necesitadas de la misericordia divina. La Virgen María, Reina de Todos lo Santos, nos guíe a elegir en cada momento la vida eterna, la “vida del mundo que vendrá” – como decimos en el Credo; un mundo ya inaugurado por la resurrección de Cristo, y del cuál podemos apresurarnos al advenimiento con nuestra conversión sincera y los trabajos de la caridad”.

 

 

S.S. Benedicto XVI