Inicio Presentación Mensajes Nuevos Quinto Domingo De Pascua C
Quinto Domingo De Pascua C PDF Imprimir E-mail


“Seremos reconocidos como cristianos,


porque nos amamos los unos a los otros”

 

 

Quinto Domingo De Pascua C

 

 

Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 14,20-26)

 

“En aquellos días, volvieron Pablo y Bernabé a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.

En cada iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 144)

R/. Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi Rey.

 

El Señor es clemente y misericordioso,

lento a la cólera y rico en piedad;

el Señor es bueno con todos,

es cariñoso con todas sus criaturas.

 

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,

que te bendigan tus fieles;

que proclamen la gloria de tu reinado,

que hablen de tus hazañas.

 

Explicando tus hazañas a los hombres,

la gloria y majestad de tu reinado.

Tu reinado es un reinado perpetuo,

tu gobierno va de edad en edad.

 

 

Libro del Apocalipsis (Ap 21,1-5a)

 

“Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono:

-Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.

Y el que estaba sentado en el trono dijo: “Ahora hago el universo nuevo.”

 

 

Aleluya

 

Aleluya, aleluya.

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado -dice el Señor-“

Aleluya.

 

 

Evangelio de san Juan (Jn 13,31-33a.34-35)

 

“Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:

-Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en él. (Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.)

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.”

 

 

Reflexión

 

El Libro del Apocalipsis y el texto del Evangelio de este domingo, nos traen dos noticias supremamente importantes:

* "Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva... Y escuché una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor..." (Ap 21,1-5a).

* "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros" (Jn 13, 31-33a.34-35).

 

El núcleo de este mensaje nos habla del Amor, ese don que Dios ha puesto en el interior de cada uno para iluminar nuestra existencia, para hacernos crecer, reconociendo al otro como hermano.

 

Si cumpliéramos aquello de que "de la abundancia del corazón habla la boca", ¿de qué podríamos hablar con más frecuencia los cristianos? ¿Podrían los demás por nuestra conversación descubrir nuestra fe, adivinar nuestros criterios sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, de acuerdo con el mensaje de Jesús?

 

La Iglesia debe ser siempre y toda ella evangelizadora y misionera (Hch 14,21b-27). Este debe ser nuestro mensaje principal y permanente, que todo el mundo atiende y que cualquiera entiende. Sobre todo, porque no debe hacerse tan sólo con palabras, sino ante todo con obras empapadas de Amor. Es verdad que es un amor todavía imperfecto, creciente y en camino, pero que es ya un anuncio y anticipo de la nueva ciudad, la nueva sociedad que Dios ha preparado en Cristo: La Ciudad del Amor (cfr. Ap 21,1-5a).

 

Recordemos esta costumbre: las haciendas ganaderas tienen su propio hierro para marcar las reses. Las empresas, su marca de fábrica para distinguir sus productos. Los soldados su contraseña para custodiar el sector. Nuestra contraseña distintiva, de los católicos, debe ser sobre todo el Amor.

 

¿Cuál podría ser la contraseña por la que deberíamos distinguirnos los cristianos? Muchas cosas nos dijo y muchos consejos nos dejó el Señor. Pero el último de todos, como su testamento, lo dijo al despedirse: "La señal por la que conocerán que son mis discípulos será que se amen unos a otros", con un matiz que añadió poco antes: "como yo les he amado".

 

La liturgia de este quinto domingo de pascua nos quiere recordar que Cristo vino a anunciar sólo tres cosas esenciales:

* Que Dios nos ama como Padre.

* Que debemos amarnos como hermanos.

* Que Cristo nos ofrece una resurrección a una vida eterna.

* Jesús nos muestra y nos entrega una nueva imagen de Dios: un Dios acogedor, un Dios capaz de enjugar nuestras lágrimas; un Dios capaz de compartir con nosotros los valores y ambigüedades de la vida presente; un Dios que es nuestro Padre. ¿Quién no le ha experimentado así? Acaso por nuestro alejamiento por el pecado no le reconocemos verdaderamente como es...

* Hoy se nos ha sido proclamado con toda sencillez y con toda exigencia, la norma de conducta básica de nuestra fe, el mandamiento nuevo. Si Jesús, su vida, su muerte, su resurrección, es el signo palpable del don gratuito de Dios, nos corresponde también a nosotros ser signos de gratuidad. ¿Qué actividades, qué esfuerzos, qué apuros esparcidos a lo largo de la semana podemos presentar a nuestra propia conciencia como signos gratuitos en bien de los demás?

* El Dios que se nos ha dado a conocer como Padre no puede ser para nosotros Padre como premio de consolación por una temporada solamente; la que cubre el largo camino de nuestra vida. Ni nosotros, cuando amamos de veras, queremos hacerlo sólo una pequeña temporada; nuestra decisión de amar y de servir contiene escondida, una chispa de eternidad, de siglos y siglos.

 

Recordemos que no es por esa medallita que llevamos colgada al cuello, o el escapulario o el rosario, que nos reconocerán como discípulos de Cristo.

- No porque nos echemos la bendición cada vez que pasamos frente a un templo o antes de una competencia o un de un viaje, que reconocerán que somos discípulos de Cristo.

- No porque tengamos alguna imagen religiosa en nuestra oficina, en la casa o en el bus que conducimos, reconocerán que somos verdaderos cristianos.

- No porque vayamos todos los domingos a Misa -por rutina y costumbre-

A nosotros nos reconocerán que somos discípulos de Cristo -el Amor hecho persona- porque nos amamos los unos a los otros... es decir, porque en casa no nos mordemos unos a otros con un `quítame de ahí esa ropa sucia que no es mía" o "cambie ese programa de TV que quiero ver este otro"...

- porque nos aguantamos los unos a los otros nuestros malos ratos, nuestros defectos, nuestras "impertinencias"...

- porque no nos echamos unos a otros los trabajos más pesados o menos agradables de la casa.

- porque procuramos ayudarnos unos a otros. Porque no andamos pregonando unos los defectos de los otros y viceversa...

-   porque somos verdaderamente solidarios unos con otros.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.