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Santo Domingo De Guzmán, Fundador De Los Dominicos PDF Imprimir E-mail


SANTO DOMINGO DE GUZMÁN,

 

FUNDADOR DE LOS PADRES DOMINICOS

 

(1171-1221)



Santo Domingo De Guzmán, Fundador De Los Dominicos

 

 

El 8 de agosto de todos los años la Iglesia Católica universal celebra la Fiesta del Padre y Fundador de los frailes dominicos o Comunidad Dominicana.

 

Domingo nació en Caleruega (España), en 1171, siendo sus padres, el Venerable Don Félix de Guzmán y la Beata Juana de Aza, personas muy piadosos y de fe profundamente cristiana, de quienes recibió su primera formación.

 

Cuando Domingo cumplió los seis años fue entregado a un tío suyo, arcipreste, para su educación literaria. Y a los catorce años de edad fue enviado a estudiar “artes liberales” (todas las ciencias humanas y teología), en el Estudio General de Palencia, que por entonces era el primero y más famoso de toda esa parte de España. Domingo dedicó su esfuerzo y tiempo a estudiar Sagrada Escritura y la vida de los grandes santos padres de la Iglesia cristiana, convirtiendo su estudio en oración.

 

Esta época fue caracterizada por las continuas guerras con los moros que desolaban los campos y pueblos, extendiéndose el hambre por toda la región, causando la muerte a muchas personas.

 

Domingo mientras estudiaba tenía un único, valioso y muy querido tesoro: sus libros, que además tenían todas las anotaciones y resúmenes hechos por él mismo. A pesar del costo y aprecio por sus libros y ante la hambruna que vivía la comarca, Domingo, con todo el dolor de su corazón, exclamó: “¿cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas (sus libros pergaminos), mientras mis hermanos mueren de hambre?”. Así, pues, Domingo vendió todos sus libros y cuanto tenía y el dinero lo dio como limosna a los más necesitados. Además, cierto día una mujer llorando muy dolida y llena de amargura, llegó donde Domingo y le dijo: “Mi hermano ha caído prisionero de los moros”. Y como Domingo ya no tenía nada que darle, se ofreció para que le vendieran como esclavo para rescatar al muchacho preso.

 

La actitud de Domingo caló tanto en el corazón de profesores y estudiantes que le conocían, que también ellos vendieron sus riquezas para socorrer a los más necesitados. Viendo esto, el Obispo de Osma, don Martín Bazán, le pidió al joven Domingo que aceptara ser canónigo en su catedral. Él aceptó la invitación del Obispo. Desde el primer momento el canónigo Domingo comenzó a brillar por su santidad y ser modelo de todas las virtudes, que atraía a todas las personas.

 

En 1203, el rey Alfonso VIII encargó al obispo de Osma, don Diego de Acevedo, la misión de dirigirse a Dinamarca a pedir para su hijo Fernando, de trece años, la mano de una dama noble. El obispo llevó como compañero de viaje a Domingo. Yendo de Zaragoza (España) a Tolosa (Francia), observaron que toda esa región, al igual que Francia, Flandes, Renania, y hasta Inglaterra y Lombardía, estaban invadidas por la herejía. Los cátaros, los valdenses o pobres de Lyón, y otras herejías procedentes del maniqueísmo oriental, se habían extendido por todas partes. Tenían obispos propios, llegaron a celebrar un concilio -presidido por un tal Nicetas, que se decía papa, venido de Constantinopla- y el poder civil les favorecían. El aspecto externo de estos herejes era muy austero: vestían de negro, practicaban la continencia absoluta y se abstenían de carnes y lácteos. Negaban todos los dogmas católicos, la unicidad de Dios, la redención por la cruz de Cristo, los sacramentos, etc. Con la afirmación de dos dioses, uno bueno y otro malo, su religión venía a ser solamente una actitud pesimista frente a la vida, de la cual había que librarse por esa austeridad y mortificaciones con las que deslumbraban a las muchedumbres.

 

La primera noche en Tolosa Domingo tuvo la ocasión de encontrarse cara a cara con uno de estos herejes, quien con el diálogo durante la noche con Domingo, se convirtió nuevamente al cristianismo, sorprendido por el amor y la ternura con que le hablaba el joven canónico.

 

En aquella inmensa corrupción que invadía estas regiones, también comenzaban a sentirse el deseo de la verdadera vida evangélica. Domingo descubrió la necesidad de volver al modo de predicar y de vivir que los mismos Apóstoles practicaron. Motivado por Domingo, en la primavera de 1207 el Obispo de Osma renunció a todo su boato episcopal para abrazar con Domingo la vida estrictamente apostólica, viviendo de limosnas, que diariamente mendigaban, renunciando a toda comodidad, caminando a pie y descalzos, sin casa ni habitación propia en la que retirarse a descansar, sin más ropa que la puesta...

 

Con esta vida apostólica el aspecto de la lucha contra los herejes fue cambiando más y más a favor de los católicos. Domingo se quedó en un pequeño lugar llamado Prulla, junto a una ermita de la Virgen María. Domingo reunió un grupo de damas convertidas de la herejía, a las que él fue dando poco a poco algunas normas y reglas de vida religiosa.

 

Estando en Fangeaux, población cercana a Prulla,  una noche en oración, Domingo tuvo una revelación especial, una visión que le impresionó grandemente: La revelación del rosario. Por esto es que a santo Domingo de Guzmán se le atribuye la fundación del rosario.

 

Como el Señor siempre enviaba a los discípulos de dos en dos, desde 1214 Domingo realiza sus andanzas de predicación y apostolado, junto con un compañero por lo menos. Solía llevar consigo un bastón con un palito atravesado en lo alto, como empuñadura. Uno de estos bastones se conserva todavía en Bolonia. Ninguna clase de equipaje ni bolsillos ni alforjas, sino tan sólo, en la única túnica remendada y pobrísima con que se cubría, una especie de repliegue sobre el cinturón, en el que llevaba el Evangelio de San Mateo, las Epístolas de San Pablo y una navajita sin punta, para cortar el pan duro que pidiendo de puerta en puerta le daban.

 

En los caminos iba siempre hablando de Dios y predicando a los compañeros de viaje. Y cuando esto no era posible se separaba del grupo y comenzaba a cantar himnos y cánticos religiosos. Sus mortificaciones eran continuas e inexorables. No tuvo lecho jamás ni alcoba. Para morir tuvieron que llevarle a una alcoba prestada.

 

En abril de 1215 dos importantes caballeros de Tolosa se le ofrecieron a Domingo para seguirle, no como los demás discípulos que le acompañaban, sino incorporándose plenamente con él, con un juramento o voto de fidelidad y de obediencia. Uno de ellos, Pedro Seila, iba a heredar de su padre tres casas en la ciudad de Tolosa, y de aquí salió la primera fundación de dominicos, pues antes del año estaban las tres llenas de gente. El obispo, al aprobarles la fundación, había declarado a Domingo y a sus compañeros vicarios suyos en orden a la predicación, y esto en forma permanente y sin especial nombramiento, cosa hasta entonces completamente desconocida en la historia de la Iglesia. Los compañeros de Domingo eran todos clérigos y vestían, como él, túnica blanca.

 

El Papa, que apreciaba y veneraba mucho a Domingo y su obra, dio su bula de aprobación de la Orden de Predicadores o Comunidad de los padres dominicos, el 21 de enero de 1217. En 2018, se estará cumpliendo 800 años de vida de la Comunidad Dominicana en la iglesia.

 

Confirmada la Orden, volvió Domingo a Francia, y el 15 de agosto de 1217 reunió a sus dieciséis discípulos en Tolosa, para dispersarles por el mundo contra la opinión de casi todos, incluso algunos obispos amigos. De estos dieciséis dominicos envió siete a París, dándoles por superior al único doctor con que hasta entonces contaba, fray Mateo de Francia, y poniendo, además, entre ellos dos con fama de contemplativos, uno de éstos su propio hermano. A España envió cuatro. Tres los dejó en Tolosa, y los otros dos se quedaron en Prulla, donde, además de las monjas, habían comenzado a congregarse hacía algunos años un grupo de discípulos. Poco tiempo más tarde envió también religiosos a Bolonia, al lado de la otra universidad de fama mundial que entonces brillaba. Así, los dominicos “nacieron” para formarse y predicar en las grandes universidades.

 

En 1219 Domingo estuvo en su comunidad de París, que tenía ya más de treinta dominicos, varios de ellos ingresados en la Comunidad con el título de doctor. En Bolonia le sucedió una cosa parecida, pues en 1220, por la acción del Beato Reginaldo, doctor también de París, y otros varios, que por él habían ingresado en la Orden, la universidad se encontraba en las más íntimas relaciones con los dominicos.

 

Después de haber evangelizado Italia, que había sido dominada por las herejías de cátaros, albigenses, y otros grupos, en la región del norte, Domingo regresó a Bolonia el 28 de julio por la noche casi moribundo. El 1° de agosto no pudo levantarse del suelo ni tenerse en pie, y por primera vez en su vida aceptó que le pusieran un colchón de lana en el extremo del dormitorio, y poco después en una alcoba pequeña prestada. La intensidad de la fiebre le transpone a ratos. Otras veces toma aspecto como de estar en contemplación, y otras mueve los labios rezando, otras pide que le lean algunos libros; jamás se queja; cuando tiene alientos para ello habla de Dios, y la expresión de su rostro demacrado sigue siempre dulce y sonriente.

 

El 6 de agosto habla a toda la comunidad del amor de las almas, de la humildad, de la pureza, condición necesaria para producir grande fruto. Después hace confesión general ante doce padres de la comunidad.

 

Después, ante la sospecha, que le sugirieron, de que quisieran llevar a otra parte su cadáver, dijo: “Quiero ser enterrado bajo los pies de mis hermanos”. Y viéndoles a todos llorar, les dijo: “No lloren, yo les seré más útil y les alcanzaré mayores gracias después de mi muerte”. Y ante una súplica del superior del convento levantó las manos al cielo, diciendo: “Padre Santo, bien sabes que con todo mi corazón he procurado siempre hacer tu voluntad. He guardado y conservado a los que me diste. A Ti te los encomiendo: Consérvalos, guárdalos”. Y volviéndose a la comunidad, preparada para rezar las preces por los agonizantes, les dijo: “Comiencen”. Y, al oír: “Venid en su ayuda, santos de Dios”, levantó las manos al cielo y expiró. Era el atardecer del 6 de agosto de 1221, cuando no había cumplido aún cincuenta años de edad. Ofició en sus funerales el cardenal Hugolino, legado del Papa, al que había de suceder, y que le había de canonizar.

 

Fue canonizado por Gregorio IX en 1234. Sus restos se encuentran en la Basílica de santo Domingo en Bolonia -Italia-, depositados en una hermosísima y artística capilla.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.

 

Cfr. Santo Domingo de Guzmán, en Año Cristiano, Tomo III, Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 310-323.