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“Navidad, es la Fiesta del Señor con nosotros”

 

 

 

 

La Iglesia universal cada año celebra todo el misterio del hombre en Cristo. Navidad nos recuerda el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios; es una realidad que no tiene otra igual en la historia.  Es el Señor, es Dios hecho hombre.

 

En la Navidad celebramos su primera venida “en la humildad de nuestra naturaleza humana”, cuando Él llevó a su cumplimiento la esperanza de Israel. Su segunda venida será en “el esplendor de su gloria”, al final de los tiempos. Entre estos dos términos se sitúa la esperanza de la Iglesia y de la vida cristiana.

 

Navidad es Fiesta grande porque recuerda el hecho que Jesús ha venido sobre la tierra, asumiendo la realidad humana para acercarse a todos nosotros; y propiamente para que ninguno tuviese temor o cualquier otra reacción negativa a causa de su venida; ha escogido para nacer, el puesto más humilde, el último, allí donde no es difícil para ninguno acercarse. El Señor ha querido aparecerse a nosotros intencionalmente pequeño e indefenso y ha venido al mundo humildemente. Él ha superado el gran abismo que separaba la humanidad de su Creador y nos ha acercado a todos y cada uno de nosotros, objeto de su pensamiento. El Hijo de Dios ha querido llegar a ser hermano, colega, amigo nuestro. Ha venido a nuestra realidad, por Amor.

 

Navidad es como un gran manojo de bondad divina que se vuelca sobre todo ser humano. Esta hermosísima realidad debe impulsarnos a reflexionar sobre este misterio; todos y cada uno debemos sentir dentro de sí: “yo he sido amado por Dios”. ¡Qué gratitud le debemos por el bien que nos ha demostrado y siempre nos manifiesta: un bien infinito!

 

En este tiempo de Navidad especialmente, pero en todos los días, no podemos permanecer inertes, indiferentes frente al misterio de este Amor que nos sigue y nos acompaña, en un mundo donde la gente no se comprende y donde todos buscan eliminar a los otros o al menos defenderse de aquellos con los cuales se convive, en un mundo hecho de indiferencia, de envidia y de odio. En cambio, el Señor nos quiere e invita, nos entiende, nos llama por el nombre, sugiere a nuestro corazón palabras a través de las cuales sentimos claramente ser los elegidos y predilectos en el sentido más alto y más verdadero de esta realidad.

 

Navidad nos recuerda que Jesús ha venido no tanto para llamar, sino para dar. Ha venido para entablar una relación con Él que es misteriosa, estupenda y es el centro de la fe. Ha venido no para pedir, sino para entregarse; ha venido a desafiarnos y quiere entrar en nuestras casas, templos y capillas, pasando por las calles y las plazas. Él ha venido a limpiar nuestra mugre pero también a sanarnos, pues, Él no es alguien que ha venido para quedarse esperando mudo, gris, estático, sin acción y mucho menos perezoso. Cuando Jesús piensa, camina, habla o se mueve, suceden muchos milagros en un momento y a distancias sin calcular. Jesús ha venido no para quedarse encerrado en algún lugar, sino para buscarte y buscarme también a mí. El Señor ha venido para amarnos y quedarse con nosotros.

 

Navidad es la fiesta del hombre. Por eso quizá este es un tiempo de preparación inmediata a ser “más-hombre” en su encuentro total con el “Dios-con-nosotros”. Todo lo anterior nos explica por qué la Navidad es época de alegría, de compartir en familia, y de proponernos que el espíritu navideño invada todo y a todos en el hogar y en el trabajo.

 

Que el espíritu del Niño Dios que nació en Belén de Judá, la ciudad de David, para redimir al mundo, endulce y alegre tu vida personal y la de todos tus seres queridos; y, colmados de esperanza, alegría, paz y bienestar, recorramos exitosos todo el año 2020.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.