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Píldora De Meditación 305 PDF Imprimir E-mail


¿Qué es la meditación?

 

 

Santa Teresa de Jesús dice: “llamo yo meditación el discurrir mucho con el entendimiento”.

 

A la oración vamos siempre con lo que llamamos “el material con el que, en la presencia de Dios, nos disponemos a orar”.

 

Cuando vamos al encuentro de una persona importante, en forma previa nos vestimos y disponemos de una manera distinta y pensamos de qué se va a tratar el encuentro (pensemos, por ejemplo, en lo que presupone una entrevista de trabajo, cómo nos preparamos…). Cuando vamos a este encuentro, tenemos que llevar “materia” para meditar. Es más que aconsejable, por no decir indispensable, llevar el contenido de la oración acompañado por un texto de la Palabra. ¿Cuáles son los contenidos de la oración? En realidad, es un único contenido: la presencia de Dios en la propia vida. Por eso a la oración llevamos el acontecer del día, la realidad familiar, laboral, de amistad, comunitaria, social… en lo que busco luz en Dios para ubicarme desde Dios poniendo lo que me ocupa y me preocupa en Él, en el Señor. También pueden ser la “materia de la oración” los procesos personales de crecimiento; u otro, que me pidió que orara por él; a veces puedo orar desde la vida de mi hermano, o una realidad social.

 

Un contenido ineludible, presente siempre, básico, es mi vulnerabilidad personal. No puedo ir a orar sino con la materia primera: un corazón contrito, humillado, recto y sincero. Allí es donde encontrará la morada el Señor.

 

Hay necesidad de pedir ayuda a Dios para tener esta disposición de mente y corazón para que haga nuestro ser un lugar habitable para Él. Esta disposición de rectitud de intención, esta conciencia de sencillez con la que nos presentamos delante de Dios, y este saber que somos pecadores y que en nuestra vulnerabilidad, aquello tanto menos querible para nosotros es lo más aceptable y amable a los ojos de Dios. Es donde Dios más se regala y entrega, donde Dios más se hace cercano. Diría que esto es la primera materia orante de meditación: nuestra condición.

 

A veces ese vínculo de oración con la vida surge de lo que nos insinúa o despierta una lectura, una conversación, lo que estoy pensando o reflexionando. Esta posibilidad de llevar la vida a la oración y la oración a la vida hace que toda la existencia permanezca a la luz de la presencia de Dios como modo habitual de vivir sobrenaturalmente lo diario, lo cotidiano. En lo que me ocupa existencialmente, elijo un material de meditación en la lectura. Meditar es leer la propia vida y existencia a la luz de la presencia de Dios. Cuando meditamos, se abre otro libro, el libro de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se los puede discernir. Se trata de llegar a la luz para hacer lo que el Señor quiere que hagas. Es la pregunta que brota del corazón que medita, que ora meditando y discerniendo en la presencia de Dios.

 

Los métodos de meditación son tan diversos como los maestros de la vida espiritual, dice el Catecismo de la Iglesia Católica. Un cristiano debe querer meditar regularmente; y cuando lo hace en conciencia, despierta en lo profundo de su corazón la posibilidad de que la semilla de la Palabra caiga en tierra fértil y produzca mucho fruto.

 

El proceso de la meditación de la vida en la presencia de Dios es como arar y abonar la tierra permanentemente, para que la Palabra de Dios traiga fruto de vida nueva en nosotros. La meditación hace intervenir el pensamiento, la imaginación, las emociones, los deseos. Esta movilización es necesaria para poder profundizar en las convicciones de fe. Para suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de querer ser discípulos. La oración de meditación aparece particularmente vinculada a los misterios de Jesús, como de hecho ocurre en la Lectio Divina, o en la oración del Rosario. Esta forma de reflexión orante es de un inmenso valor. Pero la oración cristiana tiene que ir más lejos, hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús y a la unión profunda con Él; lo que Ignacio de Loyola llama el “interno conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” en calidad de vínculo contemplativo, amante y adherido al querer y hacer de Dios en nuestro vida.

 

 

P. Javier Soteras