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La oración vocal (2)

 

 

La oración vocal, expresada también corporalmente, es la oración por excelencia de las multitudes, por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso lo más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél a quien hablamos, dice Teresa de Jesús.

 

La oración vocal se convierte en una primera forma de oración contemplativa. Orar vocalmente no es repetir palabras vacías de sentido, sino orar con la mirada puesta en el misterio que el Espíritu suscita que oremos: de la vida, del encuentro con Jesús, de la historia habitada por el Señor.

 

Renovarnos en la oración vocal es posible, en la medida en que interiorizamos la oración vocal y le ponemos cuerpo de vínculo entre lo que oramos y lo que sentimos.

 

Ayuda mucho, cuando hacemos oraciones vocales convencionales, estar atentos a lo que decimos y abrirnos a los sentidos de lo que las palabras dicen. Por ejemplo, Dios te salve, María, es lo mismo que decir alégrate María. Después puede seguir el Ave María, pero nosotros nos quedamos en el rostro exultante de María, en el gozo del anuncio hecho carne en su vida, en su deseo de salir impulsada al encuentro con Isabel para cantar el Magníficat, dar gloria a Dios y profetizar sobre los tiempos nuevos que el Espíritu ha sembrado en su corazón al encarnar al Hijo de Dios. Dios te salve, alégrate María. Es una expresión nuestra de todos los días cuando la oramos. Hay que vincular la expresión al sentido que la palabra esconde. Después podemos seguir rezando el Ave María, pero la primera expresión puede vincularnos a lo más bello de la obra de Dios, que es María, criatura sin igual creada por Dios como ninguna otra para llevar adelante su plan de Redención. Así, nos abrimos al sentido de una oración convencional, sin quedarnos en una repetición vacía de contenido.

 

Otra forma es que el susurro del Espíritu en lo más profundo de nuestro corazón nos vincule a nuestra historia, nuestros vínculos, nuestro trabajo, a todo nuestro quehacer y a todo nuestro ser, nuestro proceso; y desde ese lugar dejar que el Espíritu le ponga palabras orantes al Padre, en Cristo, por la vida y desde la vida, con palabras nuestras. Eso también es oración vocal. Siempre el sentir interior necesita de un cuerpo vocal, una expresión que lo manifieste. Y Dios, a eso, lo está esperando.

 

 

P. Javier Soteras