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Píldora De Meditación 315 PDF Print E-mail
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“La vendedora de manzanas”

 

 

En una vieja historia se habla de una vendedora de manzanas. La buena mujer acudía cada mañana al mercado a vender los frutos de su huerta que cuidadosamente cuidaba. Pero pasadas las horas apenas lograba vender un kilo. Con el paso del tiempo el poco éxito de sus ventas hizo que la pobre mujer se fuera desanimando. Una mañana se acercó un joven a su puesto. Al verla tan triste y desanimada le preguntó: ¿qué te pasa? “Ya ves –respondió la mujer– cada mañana acudo a este mercado a vender mis manzanas pero cuando llega la tarde, ya muy cansada, apenas he logrado vender algún kilo y nada más. Pienso que mis manzanas no deben ser buenas, a pesar del cuidado que les tengo en mi huerta”.

 

De repente y sin que nadie se lo pidiera el joven comenzó a gritar: “¡Compren, compren las mejores manzanas de la huerta! ¡Recién recogidas para llevarlas a su mesa… compren!”. Al escuchar los gritos del joven, los transeúntes se fueron agrupando alrededor de la vendedora y muchas personas pedían ansiosamente algunos kilos de manzanas. Al cabo de pocas horas la mujer había vendido toda su mercancía.

 

¿Cómo lo ha hecho?” –preguntó la mujer al joven–, “porque durante muchas semanas he acudido a este mercado y no había logrado vender mis manzanas y tú en solo un par de horas has logrado vender más de lo que yo he vendido a lo largo de todas estas semanas. “Ha sido muy fácil –respondió el joven– tus manzanas eran muy buenas, pero ni tú ni nadie de los que pasaban por acá lo sabían. Alguien tenía que decírselo.

 

Cierto día Juan Bautista, que predicaba la conversión a orillas del río Jordán, vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: “¡Miren, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! Al él me refería yo cuando dije: ´Después de mí viene uno que es más importante que yo, porque existía antes que yo´. Yo mismo no sabía quién era: pero he venido bautizando con agua precisamente para que el pueblo de Israel lo conozca. Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma y reposar sobre él. Yo todavía no sabía quién era; pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautizará con Espíritu Santo” Yo ya lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios”.

 

Este momento es el comienzo en el que Jesús, después de pasar cuarenta días en el desierto se acerca al río Jordán donde Juan estaba bautizando y predicando la conversión, y de inmediato comienza a predicar, por toda la región de Galilea, que el Reino de Dios ha llegado y se encuentra en medio de ellos, manifestando con su palabra y sus obras que es el Mesías prometido y anunciado por los profetas.

 

Cuando hemos experimentado la salvación que nos trae el Señor, encuentro con Jesús, sentimos la imperiosa necesidad de anunciarlo a los demás. Tenemos la obligación de contar a otros lo que hemos experimentado en carne propia. Evidentemente esto tenemos que hacerlo con nuestro testimonio de vida, pero también con nuestras palabras. Callarnos y no compartir con las personas que nos rodean esta riqueza, es contradictorio. Muchas personas esperan de nosotros un anuncio explícito, y no solo una presencia testimonial.

 

Como sucedió con la venta de las manzanas, la noticia que tenemos es muy buena, pero alguien tiene que decirlo. ¡Adelante! Seguro que hay muchas personas que están esperando tu anuncio, pues tienen hambre y sed de Dios.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.