Inicio Presentation Mensajes Nuevos Reflexión Para El Domingo De Ramos
Reflexión Para El Domingo De Ramos PDF Print E-mail
There are no translations available.


“Domingo de Ramos”



Reflexión Para El Domingo De Ramos

 

 

La Liturgia del Domingo de Ramos propone a nuestra reflexión los dos textos del evangelio de san Mateo (Mt 21,1-11) que se lee antes de comenzar la solemne Procesión de Ramos, y el texto de la pasión del Señor (Mt 26,14 - 27,66) en la celebración de la santa Eucaristía. Son dos momentos únicos: el ingreso clamoroso de Jesús en Jerusalén, y la pasión de nuestro Señor Jesucristo.

 

El evangelio de san Mateo nos describe la entrada del Señor a Jerusalén. Esta entrada es muy singular en la historia evangélica, porque en esta ocasión es una escena pública, de fiesta, una escena intencional. En otras ocasiones hemos visto a Jesús rodeado de la gente atraída por su palabra, por sus milagros, por su figura; pero hemos notado también siempre cómo Jesús es esquivo de provocar aclamaciones para sí; no era amigo de excitar la popularidad en torno a su persona. En esta vez, Jesús desea ser reconocido y aclamado, tanto que cuando "algunos fariseos en medio de la gente con su hipocresía (cfr. Jn 12,19ss) le dicen: Maestro, calla a tus discípulos, él les responde: “¡Yo les digo, que si los hiciese callar, gritarían las piedras!" (Lc 19,39-40).

 

¿Por qué el Maestro ahora asume esta nueva actitud? Jesús quiere entrar en Jerusalén, en aquel día extraordinario junto con la gente venida para la celebración de la Pascua judía, en forma nueva, en forma, digamos, oficial. Él sabe qué cosa le espera, lo ha confiado a sus discípulos: "he aquí que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado en manos de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ellos lo condenarán a muerte, y lo consignarán a los gentiles para ser escarnio, flagelado y crucificado" (Mt 20,18-19). Así comienza su pasión, y quiere mostrarnos no sólo su aspecto voluntario y libre (cfr. Is 53,7; Hb 9,14; Ef 5,2), sino también mesiánico; Jesús, antes de consumar su sacrificio -su muerte, su inmolación- quiere revelar final y abiertamente lo que Él es, y cuál es su misión; Él es el Mesías, y como tal Él quiere ser libre y clamorosamente reconocido por el pueblo.

 

Mesías quiere decir Cristo, el hombre elegido y consagrado, en quien se concentran todas las esperanzas del pueblo de Israel, la nación privilegiada y predestinada a ser, mediante el Mesías, el punto cardinal del destino del mundo. El Mesías era considerado entonces como el Hijo de David, el Rey de la historia guiada por el designio de Dios, el Salvador prodigioso, en el que se encuentra remedio a todos nuestros males (cfr. Mt 11,3ss), a todos los males y sufrimientos de la humanidad. Jesús dará un significado más profundo y más dramático y sobrenatural a este título maravilloso de “Mesías”, y se lo apropiará. Y nosotros hoy recordamos el momento fatídico en el que Jesús es reconocido y celebrado como Mesías, como Cristo. Es su hora. La síntesis de su vida temporal se consumará con el título de “Mesías”. El ingreso de Jesús en Jerusalén asume su importancia al responder las preguntas que aparecían en torno a la misteriosa personalidad de Jesús. ¿Quién era Jesús? ¿El hijo del carpintero? (cfr. Mt 13,55). Jesús es una figura singular: "El Hijo del hombre", como Jesús mismo se calificaba. Un profeta (cfr. Mt 16,14; 21,11). Jesús era de verdad el Mesías como lo atestigua san Juan (Jn 1,41), propiamente aquel que debía de venir (cfr. Mt 11,3.5) o alguno más grande y misterioso aún, el Hijo de Dios (cfr. Mt 16,16; Jn 1,49). La duda crecía a medida que Jesús iba revelando el misterio de su filiación divina, hasta la pregunta, en el proceso seguido del Sanedrín, durante la última noche: "¿Eres tú el Cristo, el Hijo de Dios bendito?" (Mc 14,61). La identificación de la verdadera personalidad de Jesús es la pregunta que atraviesa todo el Evangelio, y que lo hace dramático y trágico al final.

 

Jesús mismo había dicho de sí y que en este día vale la pena recordarlas: "yo soy el pan de la vida" (Jn 6,48); "yo soy el buen Pastor" (Jn 10,11); "yo soy la luz del mundo" (Jn 12,46)…; recuerden la última Cena: "Yo soy el camino, la verdad, la vida" (Jn 14,6). Pero, Jesús con su ingreso a Jerusalén se define a sí mismo: “Mesías”. No es un acto triunfalista, sino una humilde presentación de sí. La curiosidad, la duda, la excitación, la fascinación, la admiración, que había circundado a Jesús hasta este momento, se descubre en la segura y entusiasta aclamación: es Él, el Hijo de David, el Cristo, el Señor. En la liturgia de este Domingo de Ramos, este encuentro se repite.

 

La Iglesia trae esa escena, aquel momento decisivo delante de nosotros. Jesús se presenta delante de nosotros pobre y humilde, revelándose a sí mismo.

 

El significado de este evangelio de ramos es una pregunta inquietante e inevitable para ti, para mí y para todos los cristianos. Propone una elección, que determina el destino de nuestra vida. ¡Sí!, o ¡No!: ¿reconocemos a Jesús como el Cristo, esto es como el Mesías?

 

Él es nuestro Redentor, ha venido por todos, ha venido a salvarnos a cada uno de nosotros. Él es el Maestro, el Amigo, la Resurrección y la Vida (Jn 11,25). Sí, Él es el Camino, Él es la Verdad, Él es la Vida de nuestra singular existencia y de toda la comunidad de cuantos en Él creen, de Él se fían, de Él se sienten amados y a Él ofrecen su pobre y grande amor.

 

Jesús es la gran responsabilidad en la historia de cada existencia humana. Jesús es el grado supremo de tensión de la libertad de la vida creciente. Jesús es la invitación más íntima y personal a nuestra vida.

 

¿Le conocemos? ¿Lo reconocemos? ¿Lo aclamamos también nosotros, con la respuesta innegable de nuestra fe y de nuestro ideal? Si es así: bienaventurados nosotros, si esto hemos entendido y si esto hacemos en el futuro (cfr. Jn 13,17).

 

¡Que tu corazón se vea inundado por estos dos sentimientos: el valor y la alegría!

 

 

Francisco Sastoque, o.p.