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Reflexión En La Celebración De La Muerte Del Señor A PDF Imprimir E-mail


“MEDITACIÓN EN FAMILIA

 

PARA EL VIERNES SANTO”

 

 

Reflexión En La Celebración De La Muerte Del Señor A

 

 

Cuántas veces, queridos hermanos, nos hemos reunido para celebrar el Viernes Santo. Desde pequeños hemos visto la imagen de Jesús crucificado: como entrega y donación para reconciliar al mundo con el Padre, para hacer la unidad entre los hombres, enfrentados, divididos, separados. Hoy volvemos a reunirnos de manera sencilla y en familia para orar. No para llorar, no simplemente para recordar, sino para hacer nuestra la Pasión de Jesús, que une su sufrimiento al sufrimiento de toda la humanidad que en este momento sufre por el contagio de la pandemia del coronavirus “Covid-19” que ha infectado a más de un millón de personas en el mundo y ha dejado cerca de 150 mil muertos. ¡Cuánta angustia y cuándo dolor y desolación! Nos reunimos para celebrar con esperanza y alegría esta donación de Cristo que hace la unidad de los hermanos.

 

Los sentimientos que deben primar hoy en esta celebración del Viernes Santo son el amor, la alegría, la actualidad.

 

¡El amor! lo que da sentido a la Pasión de Jesús y a su muerte, es precisamente su obediencia de Amor al Padre, para el servicio redentor de toda la humanidad. Es el Amor al Padre: "Para que sepa el mundo que yo amo al Padre y conforme al mandamiento que me ha dado, así lo hago" (Jn 14,31). Así anunció Jesús su partida para la cruz. La Pasión de Jesús sólo se entiende desde esta profundidad de obediencia amorosa de Jesús al plan del Padre. El Padre lo quiso así.

 

El Padre Eterno nos ama de tal manera, que no perdonó a su propio Hijo y lo llevó a la muerte en la cruz. Ese Amor de Cristo es el que hizo exclamar a san Palo: "Me amó y se entregó a la muerte por mí" (Gál 2,20). Hoy no puede permanecer en nosotros el rencor, el odio, la soberbia, la venganza, la violencia; hoy tiene que primar en nosotros la presencia de su Amor. No hay en nosotros ni siquiera la memoria de un Judas que traicionó y entregó al Señor, ni de un Pedro que por debilidad lo negó. Hoy triunfa el Amor de Cristo que le dice al Padre: "Sí, Padre, porque esta ha sido tu voluntad. Yo tengo que entregarme para salvar a hombres y mujeres y hacerlos libres". Es el Amor de Cristo que nos libera, que nos salva. Y este Amor es el que la humanidad actual no ha querido aceptar.

 

¡La alegría! Este Viernes Santo es un día de profundidad, de recogimiento, de reflexión y oración, de participación muy honda en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Hoy comienza la Pascua. Esta es la hora para la cual Jesús había venido al mundo. Es la hora que Él padece intensamente como hombre, pero que vive para la reconciliación de toda la humanidad con el Padre y de todos los seres humanos entre sí. Es la hora que Él desea ardientemente: "Tengo que ser bautizado con un bautismo de sangre y cómo padezco hasta que se cumpla" (Lc 12,50). Ciertamente es la hora que teme, pero para esta hora ha venido al mundo.

 

Este es un día de fiesta, un día de gloria, un día de alegría, de una alegría muy honda y muy austera. Como tiene que ser siempre la alegría del cristiano; no la alegría de las vacaciones, la alegría de la superficialidad y del ruido, del bullicio o la dispersión, sino la alegría del perdón, la alegría del Amor, la alegría de la Reconciliación.

 

¡La actualidad de la Pasión! No basta que celebremos hoy la Pasión. Tenemos que hacerla nuestra. Hoy la Pasión de Jesús tiene que hacerse nuestra. En este momento en que la humanidad busca defenderse del contagio de la pandemia del coronavirus “Covid-19”, tenemos que descubrir que la cruz del Señor se prolonga en el sufrimiento, dolor y muerte de la humanidad, en mí y en mi familia, en nuestros hermanos, en los pueblos, en la historia. Hoy Cristo prolonga su Pasión en hombres y mujeres del mundo entero, sin distingo alguno, donde todos somos iguales. Por esto tenemos que gritar también como San Pablo: "Me glorío en este sufrimiento por ustedes, porque así voy completando lo que falta a la pasión de Cristo" (Col 1,24).

 

Que la celebración de la Pasión de Jesús, sea de mucha intensidad de Amor, mucha profundidad de Alegría, mucho compromiso de actualidad.

 

Hoy no nos pudimos reunir en el templo para rezar, para meditar, por la “cuarentena planetaria” decretada para contrarrestar y defendernos del contagio del “Covid-19”. Pero las personas, sobre todo, la familia, la “iglesia doméstica”, se reúne para hacer nuestra la pasión del Señor. Hoy, cada uno debe sentir profundamente y desear que nuestro corazón cambie, que podamos descubrir que Jesucristo vive en la historia, que comprometa nuestra fe para aliviar el sufrimiento de nuestros hermanos enfermos.

 

En nuestras viviendas podemos reunirnos todos y meditar en las cuatro partes que componen la Liturgia de la Pasión del Señor:

 

1)    Liturgia de la Palabra

2)    Oración Universal

3)    Adoración de la santa Cruz

4)    Comunión eucarística de forma espiritual.

 

Primera parte, LITURGIA DE LA PALABRA

 

Esta Liturgia de la Palabra consta de estas lecturas y en este orden:

  • Lectura del Libro del profeta Isaías 52,13 a 53,12,
  • Salmo 30 con esta respuesta: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”
  • Carta a los Hebreos 4,14-16 y 5,7-9,
  • Relato de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, de san Juan 18,1 hasta 19,42.

 

(Si se desea, puede hacerse sólo la lectura del relato de la pasión del Señor.)

 

La lectura del texto del evangelio de san Juan, prepara la adoración de la santa cruz.

 

De las cuatro partes la central será ciertamente la Adoración de la Cruz. Es la cruz de la reconciliación, la cruz de la glorificación, la cruz de la fecundidad.

 

El momento central será cuando el padre o la madre de familia, va quitando la tela que está cubriendo la cruz, la alza y muestra a los presentes y en silencio cada uno la adora. No la adora como quien simplemente recuerda una cosa, sino como quien la desea de corazón y la revive. Este es un momento singular en el que podemos decirle a nuestro Señor: "Señor, esa cruz es mía, es nuestra. Yo soy responsable de esa cruz. Esa cruz me alivia, me regenera, me hace fuerte, hace fecunda mi vida y la transforma. Señor, esa cruz es la que yo descubro que se prolonga cada día en mí, en mi familia, en mis hermanos en la fe, en los pueblos, en los infectados por la pandemia del coronavirus, en la historia. Adoro tu cruz, Señor, porque adoro tu presencia, tu donación, tu amor, tu amistad que nos abraza".

 

Pensemos un poco más. Se escuchará el relato de la Pasión del Señor que nos presenta el texto del evangelio de San Juan, el Apóstol a quien Jesús amaba, aquel que pudo entender más “qué es el Amor”, porque reclinó su cabeza en el corazón misericordioso y tierno de Jesús en la Última Cena, la Cena de la amistad.

 

Segunda parte, ORACIÓN UNIVERSAL

 

Esta parte es la más importante de toda la Liturgia de este día Viernes Santo. Este momento se inicia con la Oración Universal en la que se pide a Dios, de manera especial

 

-       Por la Iglesia Universal

-       Por el Papa Francisco

-       Por la unidad de los cristianos

-       Por los que no creen en Cristo

-       Por los que no creen en Dios

-       Por los gobernantes

-       Por los atribulados y por los que sufren especialmente a causa de la pandemia del virus “Covid-19”.

 

Ahora quiero recordar tres aspectos de la Pasión de Jesús.

 

  • El primer momento de la pasión de Cristo, es la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos. Cristo que va al lugar de la soledad para orar. Porque cuando uno sufre necesita estar solo, necesita orar, necesita también la presencia o compañía espiritual de los amigos. Cristo va con sus discípulos al Huerto de Getsemaní, al huerto de la Agonía y sufre intensamente. Suda sangre porque el dolor es agudo y Cristo es profundamente humano. Le grita al Padre simplemente -miren qué oración tan simple, tan plena, tan intensa y al mismo tiempo tan filial-: "Padre, no aguanto más, no doy más, yo he deseado esta hora, pero ahora que ha llegado no puedo más. Si es posible que pase este cáliz. Sin embargo, Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya". Esta es la oración de Jesús en "el momento crucial, difícil, duro, de su Pasión. Necesita orar, necesita estar solo y necesita la compañía espiritual de los amigos. Por eso le duele tanto, cuando va a encontrarse con los apóstoles a quienes ha pedido que le acompañen y los encuentra dormidos.

    Hermanos: para cuando tengamos que sufrir -¿cuándo no sufrimos?-, para los momentos más duros de nuestra vida, cuando el dolor penetra profundamente en nuestro corazón: soledad, oración, presencia espiritual de los amigos. Esto es lo que requiere hoy toda la humanidad sufre las consecuencias de la infección que contagia la pandemia del coronavirus.


  • El segundo momento de la pasión de Jesús es el juicio injusto al Señor. ¡Qué tremendo! Pilatos que tres veces dice en público: "Yo no encuentro culpa en Él", se lava las manos: "hagan ustedes". Y lo condenan. Se levantan falsos testigos y unos lo acusan ante el tribunal civil: "éste estuvo sublevando a la multitud, a éste hay que condenarlo". Ante el tribunal religioso dicen: "éste se ha llamado Hijo de Dios, éste es un blasfemo, a éste hay que matarlo". Sin embargo, todo el mundo se lava las manos. Los judíos se disculpan afirmando que no pueden entrar en el pretorio para no mancharse, para no contagiarse y envían a Jesús a los romanos, para que ellos lo maten. Los romanos, lo devuelven a los judíos, con la disculpa que ese problema no les incumbe y que ellos se arreglen, además, porque Jesús es judío. ¡Qué fácil es acusar a una persona y después perderse en el anonimato y lavarse las manos! Esta etapa del misterio de Jesús: Cristo es injustamente acusado, se prolonga en la historia y lo revivimos cada día por causa de la corrupción, el deseo de poder y la soberbia, la violencia y la injusticia, en todas las regiones de la Tierra.


  • El tercer momento de la Pasión del Señor es la actitud de Cristo cuando se abraza a la cruz, y la lleva sobre sus hombros caminando hacia el Calvario. No hace mucho tiempo revivimos todo esto en Jerusalén caminando por la Vía Dolorosa que recorrió Jesús, la calle de la amargura; llegamos hasta el lugar de la crucifixión, donde participamos en la Eucaristía y bajamos al sepulcro. Es el sitio de la crucifixión del Señor en el Calvario. Allí Cristo murió, pero después de decir: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Allí Cristo murió, habiendo asegurado al ladrón arrepentido: "hoy estarás conmigo en el paraíso". Allí Cristo murió, con su conciencia serena y tranquila por la Obra realizada: "toda la obra está terminada, todo se ha cumplido". Allí Cristo murió rezando: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Allí Cristo murió regalándonos lo más grande que tenía: "hijo, aquí tienes a tu madre". ¡Qué serena, qué fuerte, que fecunda la muerte de Jesús!

 

Esta es la Pasión del Señor. Es eso lo que esta tarde revivimos en todos los hogares cristianos. Esta es la Palabra y este el relato de la Pasión.

 

Tercera parte, ADORACIÓN DE LA SANTA CRUZ

 

Terminada la oración solemne universal por la Iglesia y por todos los hombres necesitados de su misericordia, se inicia la ceremonia de la Adoración de la Cruz.

 

Ahora les invitamos a que oremos y le digamos a nuestro Señor Jesucristo: "Señor, no entendemos humanamente el misterio de la cruz. Pudiste haber elegido un camino más fácil para nosotros que tenemos que seguir después tu ruta; pudiste haber elegido un camino que estuviera más de acuerdo con nuestra debilidad, con nuestra fragilidad. Sin embargo, Señor, has querido el camino extremo de la cruz. Y en la cruz te nos das, te nos entregas. ¡Gracias, Jesús, por la cruz!".

 

Esta cruz es la glorificación del Padre. Es el momento máximo de la vida de Jesús, en que Él glorificaba al Padre porque el mundo queda redimido y en el corazón de los seres humanos se enciende la luz. En nuestra alma entra la gracia y volvemos a ser amigos del Padre.

 

¡La cruz! es la cruz de la reconciliación. Otra vez la humanidad vuelve a la amistad con el Padre. "Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo por su sangre". Hoy recordamos todo esto. Por eso no podemos meditar en la Pasión de Jesús, no podemos adorar la cruz, sin sentir un deseo muy hondo de volver firmemente al Padre y decirle: "Padre, yo pequé contra el cielo y contra ti, no merezco que me llames y me trates como hijo, pero recíbame Padre en tus brazos, porque Jesús ha muerto para reconciliarme contigo".

 

Luego viene la reconciliación entre los hermanos. Cristo muere para hacernos hermanos. En el mismo momento en que Jesús muere, se parte la piedra como queriéndonos decir, rompan el muro de la división existente entre ustedes. Es como gritarnos a cada uno: ¿por qué se pelean? ¿Por qué discuten? ¿Por qué destruyen y alteran el orden y el equilibrio de la naturaleza? ¿Por qué viven encerrados en el egoísmo, en la soberbia, en la enemistad y en el odio? ¿No saben que todos son hijos de un mismo Padre? ¿No saben que sobre todos cayó la misma sangre que los hizo hermanos? ¿Por qué viven en la violencia y no se funden en el amor y la justicia que los establece en la paz verdadera?".

 

Esa cruz ilumina nuestra cruz, es la cruz que estamos padeciendo hoy. No sabemos cuál es la cruz de cada persona, pero todos tenemos una cruz, y hoy Dios ha permitido que descubriéramos la cruz actual de la humanidad: la infección de la pandemia del coronavirus “Covid-19” (que supiéramos sus causas, su “por qué” y su “para qué”). Cuántas veces ingenuamente decimos: "quién fuera como los niños que no sufren". ¿Cómo que no sufren? ¿Hay alguien que llore más que un niño? Quiere decir que también ellos tienen una intensidad de sufrimiento que los adultos no alcanzamos a entender. También para ellos hay una cruz. Nosotros, personas adultas, sabemos cuál es nuestro sufrimiento, cuál es nuestra Cruz.

 

"Señor, gracias por esta cruz, gracias por nuestra cruz, gracias por la cruz de nuestra familia y la de todas las familias, la que le has dado al Papa Francisco, a los obispos, a los religiosos y presbíteros, la que das a nuestro pueblo. Señor, te agradecemos esta cruz, porque sin ella no habría redención, no habría fecundidad, no habría Pascua. Lo que te pedimos en esta tarde, Señor, es que nos des un corazón sereno, fuerte como el de Nuestra Señora y que esta cruz resulte verdaderamente luminosa y fecunda para los demás: "si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, entonces es cuando produce fruto" (Jn 12,24). Gracias, Dios de misericordia, porque llegará el momento en que desapareceremos, tenemos la seguridad de que fructificará la familia, la Iglesia, que nacen de la Pascua, y se dará la reconciliación entre todos los seres humanos y entre éstos y la naturaleza y volverá el orden, el equilibrio, con el que habías creado el universo entero. ¡Qué bueno es morir como Jesús, si los seres humanos nos hacemos más hermanos!

 

Cuarta parte, COMUNIÓN EUCARÍSTICA ESPIRITUAL

 

Para culminar la celebración de la Liturgia del Viernes Santo, viene la participación en la Pascua de Jesús mediante la Comunión. Hoy comulgaremos espiritualmente. Participaremos de la Sangre de Jesús, beberemos su Cáliz, comeremos su Pan que nos hace hermanos. Todo esto nos comprometerá a hacer una verdadera familia, la familia de los redimidos, de los reconciliados. La Comunión espiritual es una participación en la cruz de Jesús que se hace nuestra. Así, nos sentiremos profundamente hermanos y reconciliados con el Padre.

 

Digámosle al Señor, "Jesús, gracias porque hoy, Viernes Santo, día de tu donación, cuando te entregas como el primogénito que da la vida por sus amigos, nos llamas a que comamos tu Pan, a que participemos hondamente en tu Cuerpo. ¡Gracias Señor! Enséñanos a ser hermanos. Que experimentemos la fecundidad de tu Cruz. Que tu Cruz ilumine también nuestro propio sufrimiento. Sobre todo, Señor, cambia el corazón de los seres humanos, cambia nuestro propio corazón y danos un corazón fraterno. Haznos sinceramente hermanos de todas las personas, particularmente de los que lloran, de los que sufren a causa de la infección del “Covid-19”, de los que padecen la injusticia y la violencia, de los pobres y necesitados, de los que son injustamente acusados y vilipendiados.

 

Comunión Eucarística Espiritual

 

La Comunión espiritual es una oración con la que el fiel católico expresa el deseo de recibir a Jesucristo en la Eucaristía, sin recibir la “Sagrada Hostia Consagrada”. Tuvo su origen como una preparación para la Santa Misa e igualmente en el vehemente deseo de recibir al Señor en la comunión sacramental eucarística y no ser posible. Es el caso actual presentado por la “cuarentena” ordenada como estrategia para defendernos del contagio del virus “Covid-19”. Para la teología y la espiritualidad católica la “comunión espiritual” tiene un valor muy importante y semejante al de la comunión sacramental eucarística. El valor para quien la recibe está en función de su deseo de amor al Señor y su entrega a Él.

 

Señor, concédenos poder caminar con los demás. Concédenos poder participar en tu Cuerpo y en tu Sangre.

 

La Comunión espiritual se hace pronunciando la siguiente oración:

 

“Creo, Jesús mío, que estás real y verdaderamente en el cielo

y presente en el Santísimo Sacramento del Altar.

Te amo sobre todas las cosas

y deseo vivamente recibirte dentro de mi alma,

pero no pudiendo hacerlo ahora sacramentalmente,

ven al menos espiritualmente a mi corazón.

 

(Se deja un breve silencio para adoración y luego se sigue)

 

Y como si ya te hubiese recibido,

te abrazo y me uno del todo a Ti.

Señor, no permitas que jamás me aparte de Ti.

Amén.”

 

Señor, gracias por todo lo que nos has dado en esta tarde. Concédenos poder avanzar juntos hacia Pascua de mañana, hacia la Pascua de la historia, hacia la Pascua definitiva, hacia la Pascua Eterna, cuando Tú vuelvas. Entonces sí seremos un único Pueblo, único Cuerpo, único Templo.

 

Que Nuestra Señora de la Cruz, la Madre que Tú nos diste al morir y que ahora, también, comparte nuestro sufrimiento, nos alivie en el dolor y nos abra el camino en la esperanza.

 

Que así sea.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.