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“Los discípulos en el camino de Emaús”

 

 

 “Los discípulos en el camino de Emaús”         Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,14.22-33)  “El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los once, levantó la voz y dirigió la palabra: -Escúchenme, israelitas: Les hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante ustedes, realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocen. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, ustedes lo entregaron, y ustedes, por mano de paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte: no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice: -“Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia”. Hermanos, permítanme hablarles con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que “no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción”, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos. Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que están viendo y oyendo.”   Salmo Responsorial (Salmo 15)  R/. Señor, me enseñarás el sendero de la vida,  Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti; yo digo al Señor: “Tú eres mi bien.” El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano.  Bendeciré al señor que me aconseja; hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.  Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena:  Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.  Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.   Primera Carta de san Pedro (1Pe 1,17-21)  “Queridos hermanos: Si ustedes llaman Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomen en serio su proceder en esta vida. Ya saben con qué les rescataron de ese proceder inútil recibido de sus padres; no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien. Por Cristo ustedes creen en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así han puesto en Dios su fe y su esperanza.”   Aleluya  Aleluya, aleluya. “Señor Jesús, explícanos las Escrituras. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas” Aleluya.   Evangelio de san Lucas (Lc 24,13-35)  "Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unos diez leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y siguió caminando con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo:  -¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?  Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: - ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les preguntó: -¿Qué? Ellos le contestaron: -Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y de todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron. Entonces Jesús les dijo:  -¡Qué necios y torpes son ustedes para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Y comenzando con Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciéndole: -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: -¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo: -Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.”   Reflexión  El relato del encuentro de Jesús en la aldea de Emaús con los dos discípulos que abandonan la comunidad y huyen de Jerusalén porque no han podido soportar el escándalo de la cruz, que hemos leído o escuchado muchas veces, no es una parábola como tantas que sabía contar Jesús. Es un hecho histórico, es algo que ocurrió en la tarde misma de la Esperanza, es decir, en la tarde de la Resurrección del Señor. Cuando todo tenía que haberse iluminado y aclarado, es precisamente cuando todo se hace más oscuro, incierto, pesimista y triste en el corazón de esos dos discípulos. Tal vez no podemos precisar el lugar exacto donde queda hoy Emaús. Tal vez tampoco podemos saber exactamente la distancia, es decir, a unas diez leguas posiblemente. Lo que importa es el hecho de que Jesús entra en contacto con dos discípulos cansados y pesimistas, les aclara el panorama y les enciende una esperanza. Y ellos, profundamente cambiados, se convierten en testigos de un Cristo que han encontrado en el camino y que les ha dicho muchas cosas. Así es nuestra historia. Así es la historia de muchos hombres y mujeres.  Te invito a que pienses un momento en la actitud de los dos discípulos y, luego, en la actitud de Jesús. En la actitud de los discípulos te vas a encontrar reflejado; en la actitud de Jesús vas a descubrir y asumir sobre todo, el compromiso cristiano de esta Pascua nueva, de esta Pascua de la Reconciliación.  Dos discípulos desalentados, tristes, pesimistas, vencidos, derrotados. Dos discípulos que para olvidar un poco el gran drama que padecen, la misma tarde de la Resurrección, se apartan de la comunidad. La comunidad es pesimista también. Ha quedado encerrada en el Cenáculo por temor a los judíos. En la tristeza y el pesimismo también ellos tienen la sensación de algo vencido, de algo quebrado, de algo derrotado. Los dos discípulos, para olvidar, van hacia una aldea cercana. Entre sí van hablando del Señor.  Hay un amor que los une. Pero lamentablemente hablan del Señor en tono de derrota, de fracaso, de pesimismo, en vez de contagiarse la posibilidad de una esperanza. Si al menos dijeran: "¿Y si fuera verdad lo que nos contaron las mujeres? ¿Si fuera verdad lo que nos dijeron algunas personas cuando fueron al sepulcro, aun cuando a él no lo vieron?". Pero ¡no! Ellos no creen absolutamente en nada ya: "Nosotros esperábamos que él iba a resucitar, pero ya va el tercer día, algunas mujeres vieron que la piedra estaba movida y cuentan que los ángeles se les aparecieron. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro pero a él no lo vieron". Esa es la expresión gráfica de la desesperanza: "a él no lo vieron". El pesimismo es más fuerte en ellos y les quiebra la esperanza. Entonces necesariamente causa en ellos una tristeza muy grande.  Cuando Jesús se les acerca, ellos se detienen con aire entristecido, pues, el desaliento, el pesimismo, coinciden con la tristeza. La tristeza y el pensamiento derrumban un alma y la deshacen. La tentación más peligrosa es la tentación contra la esperanza. Es decir, el pecado contra la esperanza. Porque el que pierde la esperanza ya no tiene más fuerzas para dar el salto y ponerse de nuevo en camino.  Fuera del encerrarse en su pesimismo y en su tristeza, es más lamentable todavía el contagiarse mutuamente el pesimismo y la desesperanza. Pero una vez que los discípulos encuentran al Señor, han caminado con Él quien les ha hablado y que ellos lo reconocen en el partir del pan, pese al cansancio que tienen vuelven enseguida a reunirse con la comunidad en Jerusalén. Entre tanto Jesús se había manifestado también a los demás y cuando llegan ellos y abren las puertas, los que estaban adentro son los que se adelantan y dicen: "Sí, es verdad, Cristo resucitó y se apareció a Simón". Ellos, a su vez, les cuentan todo lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido en el partir el pan.  ¡Qué hermoso encuentro de dos esperanzas renacidas! Los once que gritan: "Cristo resucitó". Los dos discípulos del camino que dicen: "sí, es verdad: Cristo resucitó; también nosotros lo hemos descubierto en el partir el pan". ¡Qué bueno es que la vida sea siempre un encuentro entusiasta en una esperanza real, comprometida, objetiva, cristiana, pascual!  Ya vimos cómo fue la actitud de los discípulos. Preguntémonos ahora ¿cómo fue la actitud de Jesús con los discípulos?	  Jesús se puso a caminar con ellos, y así penetró en el misterio de aquellos dos hombres, interiorizando y haciendo suyos sus problemas. Por eso el Señor se acercó y les preguntó: "¿de qué van hablando en el camino y por qué están tristes?". No basta con ir haciendo el camino con los demás, sino hacerlo de tal manera que descubramos e interpretemos y hagamos nuestro el sufrimiento, el dolor, la cruz, la inquietud, de los hermanos.   La primera actitud es abrirse, acercarse al hermano que sufre. Y ese acercamiento al hermano que sufre es un ir entrando en comunión ya, es un entrar en comunidad. Es necesario abrir nuestro corazón a la inquietud, al sufrimiento, al dolor, a la cruz, al problema de los hermanos.  ¡Qué bien haríamos a nuestros hermanos que sufren, que viven envueltos en el pesimismo, en el desaliento, en el cansancio, si nos acercáramos a ellos y les hiciéramos saber que ellos nos interesan y que sus problemas nos duelen, y que llegáramos a decirles: "¿qué les pasa? ¿Por qué están tristes? ¿Qué es lo que los aflige?". A veces sin necesidad de decirlo con palabras. Si nuestro gesto de acercamiento al hermano es sincero y fraterno, si nuestro acercamiento a un pobre, a uno que sufre, nace de un corazón verdaderamente evangélico y cristiano, se abre tanto el corazón de quien recibe la visita y nos escucha, que sin que le digamos palabras empieza a decir: "¿cómo, tú eres el único que no sabes lo que me está pasando?".  La segunda actitud del Señor es interpretarles el dolor y la cruz, desde la esperanza, desde la Palabra, desde la Escritura, desde la fe: "hombres duros de entendimiento, ¿no sabíais que esto tenía que ocurrir así? ¿Que el Hijo del hombre tenía que pasar todas estas cosas para entrar en la gloria?". Cristo sencillamente les fue explicando la historia de la salvación, les fue explicando un poco el sentido de la cruz y como todo era normal, como todo eso que parecía absurdo, que parecía imposible, estaba muy planeado en Dios, hasta en sus detalles. Les fue abriendo el sentido de las Escrituras. Entendieran ellos o no entendieran del todo, no importa.  Esta actitud tenemos que hacerla nuestra para acercarnos a nuestros hermanos que viven en la oscuridad, en el sufrimiento: interpretar su dolor, su propio problema, su pobreza, su cruz, desde la Palabra de Dios, desde la fe. Tenemos que hablar a los demás desde una experiencia de Dios, desde una experiencia de la cruz y en Dios. Únicamente aquél que ha experimentado a Dios adentro, aquel que ha mordido la cruz, puede hablarle a otro hermano, contarle quién es Dios y qué es la cruz. Únicamente Jesús puede hablar de Jesús. Únicamente cuando nosotros nos dejemos invadir plenamente del Señor y cambiar adentro, la palabra no va a salir de nosotros como una doctrina sino como una vida, como un mensaje, como un testimonio.  ¿Por qué hay personas que al decir una simple palabra lo iluminan todo y lo pacifican? Porque esa palabra más que una expresión es una vida, más que una doctrina es una Persona y esa Persona tiene un nombre: Jesucristo.  La tercera actitud de Cristo fue partir el pan, símbolo de la Eucaristía. Cuando Cristo parte el pan, enseguida los discípulos lo reconocen. Y lo reconocen no por la manera material de partir el pan sino porque recuerdan la celebración de la última cena. Entonces, dicen: "este es Jesús". "Este es Aquel que se dio. Este es Aquel que se entregó". No hay más que uno que parte el pan, que se da y que se entrega de veras: ese es Cristo.  “Partir el pan” es entrar en comunión con los hermanos en la Eucaristía, es sentirnos Asamblea de Dios en la liturgia. Por eso la liturgia es tan esperanzada y tan fuerte de esperanza para los cristianos. Pero partir el pan es entregarnos, dar nuestra amistad, nuestro amor, nuestro cariño, nuestra comprensión, dar todo lo que nosotros somos, podemos y valemos... No hemos aprendido a amar, aun cuando hayamos dado todas las cosas, si no nos hemos dado a nosotros mismos. Darse en la sencillez de lo cotidiano, de lo que sucede y nos sucede cada día, y no sólo en grandes solemnidades. Darse aun cuando nos cueste muchísimo sonreír. Pero sonreír no artificialmente y en superficialidad, sino con una sonrisa que nace de una comprensión muy honda y de la seguridad de que el Señor está ahí. Es la sonrisa que nace adentro y es signo de que Dios está, de que Dios es amor, de que Dios nos comunica la paz.   Francisco Sastoque, o.p.

 

 

Libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,14.22-33)

 

“El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los once, levantó la voz y dirigió la palabra:

-Escúchenme, israelitas: Les hablo de Jesús Nazareno, el hombre que Dios acreditó ante ustedes, realizando por su medio los milagros, signos y prodigios que conocen. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, ustedes lo entregaron, y ustedes, por mano de paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte: no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio, pues David dice:

-“Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré. Por eso se me alegra el corazón, exulta mi lengua y mi carne descansa esperanzada. Porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. Me has enseñado el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia”.

Hermanos, permítanme hablarles con franqueza: El patriarca David murió y lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo; cuando dijo que “no lo entregaría a la muerte y que su carne no conocería la corrupción”, hablaba previendo la resurrección del Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos testigos.

Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que están viendo y oyendo.”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 15)

R/. Señor, me enseñarás el sendero de la vida,

 

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;

yo digo al Señor: “Tú eres mi bien.”

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,

mi suerte está en tu mano.

 

Bendeciré al señor que me aconseja;

hasta de noche me instruye internamente.

Tengo siempre presente al Señor,

con él a mi derecha no vacilaré.

 

Por eso se me alegra el corazón,

se gozan mis entrañas,

y mi carne descansa serena:

Porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

 

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha.

 

 

Primera Carta de san Pedro (1Pe 1,17-21)

 

“Queridos hermanos:

Si ustedes llaman Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parcialidad, tomen en serio su proceder en esta vida.

Ya saben con qué les rescataron de ese proceder inútil recibido de sus padres; no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.

Por Cristo ustedes creen en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y así han puesto en Dios su fe y su esperanza.”

 

 

Aleluya

 

Aleluya, aleluya.

“Señor Jesús, explícanos las Escrituras. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas”

Aleluya.

 

 

Evangelio de san Lucas (Lc 24,13-35)

 

"Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unos diez leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y siguió caminando con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

-¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?

Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó:

- ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?

Él les preguntó:

-¿Qué?

Ellos le contestaron:

-Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y de todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.

Entonces Jesús les dijo:

-¡Qué necios y torpes son ustedes para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

Y comenzando con Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura.

Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante, pero ellos le apremiaron diciéndole:

-Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció.

Ellos comentaron:

-¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que estaban diciendo:

-Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.”

 

 

Reflexión

 

El relato del encuentro de Jesús en la aldea de Emaús con los dos discípulos que abandonan la comunidad y huyen de Jerusalén porque no han podido soportar el escándalo de la cruz, que hemos leído o escuchado muchas veces, no es una parábola como tantas que sabía contar Jesús. Es un hecho histórico, es algo que ocurrió en la tarde misma de la Esperanza, es decir, en la tarde de la Resurrección del Señor. Cuando todo tenía que haberse iluminado y aclarado, es precisamente cuando todo se hace más oscuro, incierto, pesimista y triste en el corazón de esos dos discípulos. Tal vez no podemos precisar el lugar exacto donde queda hoy Emaús. Tal vez tampoco podemos saber exactamente la distancia, es decir, a unas diez leguas posiblemente. Lo que importa es el hecho de que Jesús entra en contacto con dos discípulos cansados y pesimistas, les aclara el panorama y les enciende una esperanza. Y ellos, profundamente cambiados, se convierten en testigos de un Cristo que han encontrado en el camino y que les ha dicho muchas cosas. Así es nuestra historia. Así es la historia de muchos hombres y mujeres.

 

Te invito a que pienses un momento en la actitud de los dos discípulos y, luego, en la actitud de Jesús. En la actitud de los discípulos te vas a encontrar reflejado; en la actitud de Jesús vas a descubrir y asumir sobre todo, el compromiso cristiano de esta Pascua nueva, de esta Pascua de la Reconciliación.

 

Dos discípulos desalentados, tristes, pesimistas, vencidos, derrotados. Dos discípulos que para olvidar un poco el gran drama que padecen, la misma tarde de la Resurrección, se apartan de la comunidad. La comunidad es pesimista también. Ha quedado encerrada en el Cenáculo por temor a los judíos. En la tristeza y el pesimismo también ellos tienen la sensación de algo vencido, de algo quebrado, de algo derrotado. Los dos discípulos, para olvidar, van hacia una aldea cercana. Entre sí van hablando del Señor.

 

Hay un amor que los une. Pero lamentablemente hablan del Señor en tono de derrota, de fracaso, de pesimismo, en vez de contagiarse la posibilidad de una esperanza. Si al menos dijeran: "¿Y si fuera verdad lo que nos contaron las mujeres? ¿Si fuera verdad lo que nos dijeron algunas personas cuando fueron al sepulcro, aun cuando a él no lo vieron?". Pero ¡no! Ellos no creen absolutamente en nada ya: "Nosotros esperábamos que él iba a resucitar, pero ya va el tercer día, algunas mujeres vieron que la piedra estaba movida y cuentan que los ángeles se les aparecieron. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro pero a él no lo vieron". Esa es la expresión gráfica de la desesperanza: "a él no lo vieron". El pesimismo es más fuerte en ellos y les quiebra la esperanza. Entonces necesariamente causa en ellos una tristeza muy grande.

 

Cuando Jesús se les acerca, ellos se detienen con aire entristecido, pues, el desaliento, el pesimismo, coinciden con la tristeza. La tristeza y el pensamiento derrumban un alma y la deshacen. La tentación más peligrosa es la tentación contra la esperanza. Es decir, el pecado contra la esperanza. Porque el que pierde la esperanza ya no tiene más fuerzas para dar el salto y ponerse de nuevo en camino.

 

Fuera del encerrarse en su pesimismo y en su tristeza, es más lamentable todavía el contagiarse mutuamente el pesimismo y la desesperanza. Pero una vez que los discípulos encuentran al Señor, han caminado con Él quien les ha hablado y que ellos lo reconocen en el partir del pan, pese al cansancio que tienen vuelven enseguida a reunirse con la comunidad en Jerusalén. Entre tanto Jesús se había manifestado también a los demás y cuando llegan ellos y abren las puertas, los que estaban adentro son los que se adelantan y dicen: "Sí, es verdad, Cristo resucitó y se apareció a Simón". Ellos, a su vez, les cuentan todo lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido en el partir el pan.

 

¡Qué hermoso encuentro de dos esperanzas renacidas! Los once que gritan: "Cristo resucitó". Los dos discípulos del camino que dicen: "sí, es verdad: Cristo resucitó; también nosotros lo hemos descubierto en el partir el pan". ¡Qué bueno es que la vida sea siempre un encuentro entusiasta en una esperanza real, comprometida, objetiva, cristiana, pascual!

 

Ya vimos cómo fue la actitud de los discípulos. Preguntémonos ahora ¿cómo fue la actitud de Jesús con los discípulos?

 

Jesús se puso a caminar con ellos, y así penetró en el misterio de aquellos dos hombres, interiorizando y haciendo suyos sus problemas. Por eso el Señor se acercó y les preguntó: "¿de qué van hablando en el camino y por qué están tristes?". No basta con ir haciendo el camino con los demás, sino hacerlo de tal manera que descubramos e interpretemos y hagamos nuestro el sufrimiento, el dolor, la cruz, la inquietud, de los hermanos.

 

La primera actitud es abrirse, acercarse al hermano que sufre. Y ese acercamiento al hermano que sufre es un ir entrando en comunión ya, es un entrar en comunidad. Es necesario abrir nuestro corazón a la inquietud, al sufrimiento, al dolor, a la cruz, al problema de los hermanos.

 

¡Qué bien haríamos a nuestros hermanos que sufren, que viven envueltos en el pesimismo, en el desaliento, en el cansancio, si nos acercáramos a ellos y les hiciéramos saber que ellos nos interesan y que sus problemas nos duelen, y que llegáramos a decirles: "¿qué les pasa? ¿Por qué están tristes? ¿Qué es lo que los aflige?". A veces sin necesidad de decirlo con palabras. Si nuestro gesto de acercamiento al hermano es sincero y fraterno, si nuestro acercamiento a un pobre, a uno que sufre, nace de un corazón verdaderamente evangélico y cristiano, se abre tanto el corazón de quien recibe la visita y nos escucha, que sin que le digamos palabras empieza a decir: "¿cómo, tú eres el único que no sabes lo que me está pasando?".

 

La segunda actitud del Señor es interpretarles el dolor y la cruz, desde la esperanza, desde la Palabra, desde la Escritura, desde la fe: "hombres duros de entendimiento, ¿no sabíais que esto tenía que ocurrir así? ¿Que el Hijo del hombre tenía que pasar todas estas cosas para entrar en la gloria?". Cristo sencillamente les fue explicando la historia de la salvación, les fue explicando un poco el sentido de la cruz y como todo era normal, como todo eso que parecía absurdo, que parecía imposible, estaba muy planeado en Dios, hasta en sus detalles. Les fue abriendo el sentido de las Escrituras. Entendieran ellos o no entendieran del todo, no importa.

 

Esta actitud tenemos que hacerla nuestra para acercarnos a nuestros hermanos que viven en la oscuridad, en el sufrimiento: interpretar su dolor, su propio problema, su pobreza, su cruz, desde la Palabra de Dios, desde la fe. Tenemos que hablar a los demás desde una experiencia de Dios, desde una experiencia de la cruz y en Dios. Únicamente aquél que ha experimentado a Dios adentro, aquel que ha mordido la cruz, puede hablarle a otro hermano, contarle quién es Dios y qué es la cruz. Únicamente Jesús puede hablar de Jesús. Únicamente cuando nosotros nos dejemos invadir plenamente del Señor y cambiar adentro, la palabra no va a salir de nosotros como una doctrina sino como una vida, como un mensaje, como un testimonio.

 

¿Por qué hay personas que al decir una simple palabra lo iluminan todo y lo pacifican? Porque esa palabra más que una expresión es una vida, más que una doctrina es una Persona y esa Persona tiene un nombre: Jesucristo.

 

La tercera actitud de Cristo fue partir el pan, símbolo de la Eucaristía. Cuando Cristo parte el pan, enseguida los discípulos lo reconocen. Y lo reconocen no por la manera material de partir el pan sino porque recuerdan la celebración de la última cena. Entonces, dicen: "este es Jesús". "Este es Aquel que se dio. Este es Aquel que se entregó". No hay más que uno que parte el pan, que se da y que se entrega de veras: ese es Cristo.

 

“Partir el pan” es entrar en comunión con los hermanos en la Eucaristía, es sentirnos Asamblea de Dios en la liturgia. Por eso la liturgia es tan esperanzada y tan fuerte de esperanza para los cristianos. Pero partir el pan es entregarnos, dar nuestra amistad, nuestro amor, nuestro cariño, nuestra comprensión, dar todo lo que nosotros somos, podemos y valemos... No hemos aprendido a amar, aun cuando hayamos dado todas las cosas, si no nos hemos dado a nosotros mismos. Darse en la sencillez de lo cotidiano, de lo que sucede y nos sucede cada día, y no sólo en grandes solemnidades. Darse aun cuando nos cueste muchísimo sonreír. Pero sonreír no artificialmente y en superficialidad, sino con una sonrisa que nace de una comprensión muy honda y de la seguridad de que el Señor está ahí. Es la sonrisa que nace adentro y es signo de que Dios está, de que Dios es amor, de que Dios nos comunica la paz.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.