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“APLAUSOS”



El gran director de orquesta indio Zubin Mehta fue una vez invitado a dirigir un concierto de mucho prestigio. Era el festival de primavera de Praga. El concierto era en la catedral, y el programa era la novena sinfonía de Beethoven. Aceptó, se preparó, ensayó con orquesta, solistas y coro, y se presentó al importante evento con su magnetismo inigualable.


Ocho mil personas llenaban la catedral. Lo mejor de Praga en música, cultura, sociedad. La novena sinfonía surgió, bajo la batuta del director indio, desde los pianísimos casi adivinados de las cuerdas del principio hasta el estallido vocal e instrumental del himno a la alegría de Schiller que Mehta dirigió con alma y cuerpo, con gesto y voz, con inspiración palpable y visible en su entrega total a la música más genial que partitura humana ha conocido.


Sonó estruendoso el acorde final en la catedral que recogía la música en su piedra. Se estremecieron los ocho mil oyentes. Pero no hubo aplausos. Se había acordado no violar con un ruido profano el recinto sagrado. Y el director, tras un saludo cortés se retiró en silencio. Le dolió el silencio. Algo le faltaba a la sinfonía, a Beethoven y a Schiller -y a la orquesta y al director- si no había respuesta humana al final. Mehta volvió en frío a la sacristía, se despidió de los músicos y montó en el coche que lo esperaba.


Al doblar la esquina de la catedral, el coche hubo de parar. Los ocho mil oyentes de la noche lo esperaban haciendo calle a lo largo de la avenida hasta el viejo puente sobre el Moldan y llenaron el trayecto con sus vítores. Mehta lloraba.


Todos necesitamos aplausos.



(Carlos G. Vallés, S.J.)