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Solemnidad De La Santísima Trinidad A PDF Print E-mail
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“Solemnidad de la Santísima Trinidad”

 

 

Solemnidad De La Santísima Trinidad A

De Alberto Durero. Distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH.

 

 

Libro del Éxodo (Ex 34,4b-6,8-9)

 

“En aquellos días Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra. El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció en nombre del Señor.

El Señor pasó ante él proclamando:

-Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad.

Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra.

Y le dijo:

-Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.”

 

 

Salmo Responsorial (Dn 3)

R/. A ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres:

a ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito tu nombre santo glorioso;

a ti gloria y alabanza por los siglos.

 

Bendito eres en el templo de tu santa gloria.

Bendito eres sobre el trono de tu reino.

 

Bendito eres tú, que, sentado sobre querubines, sondeas los abismos.

Bendito eres en la bóveda del cielo.

 

 

Segunda Carta de san Pablo a los Corintios (2Cor 13,11-13)

 

“Hermanos: alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un mismo sentir y vivid en paz.

Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros.

Saludaos mutuamente con el beso santo.

Os saludan todos los fieles.

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros.”

 

 

Aleluya

 

Aleluya, aleluya.

“Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Al Dios que es, que era y que vendrá”.

Aleluya.

 

 

Evangelio de san Juan (Jn 3,16-18)

 

“En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

-Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en Él no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.”

 

 

Reflexión

 

La fiesta de la Santísima Trinidad es como el resumen o colofón final de otras muchas fiestas cristianas. A lo largo del año litúrgico hemos ido viendo el amor de Dios Padre por sus hijos. No se nos olvida que vivimos bajo la mirada paternal y cariñosa de nuestro Dios. Y la experiencia gozosa de ese amor de Dios Padre sobre nosotros no es algo que hayamos descubierto recientemente sino que acompaña al ser humano desde los comienzos. Está inscrito en la Historia de la Salvación.

 

Pero además de esa experiencia de hijos de Dios, a lo largo del año litúrgico también recordamos y celebramos las peripecias históricas de Jesús como Hijo de Dios: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo Único para que no perezca ninguno de los que creen en Él". La figura de Jesús con sus rasgos humanos y divinos llena no sólo las páginas del evangelio sino también nuestra propia vida. En Él vemos el amor salvador de Dios por nosotros: "No mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Él". Multitudes de fiestas cristianas tienen un manifiesto contenido cristológico. Pero a lo largo del año cristiano también recordamos y celebramos la presencia del Espíritu Santo de Dios entre nosotros reconstruyendo en nuestra alma los rasgos de Jesús. Esto lo celebramos el pasado domingo, en la Fiesta de Pentecostés.

 

Después de todas estas fiestas, como resumen, la Iglesia ha puesto esta fiesta de la Santísima Trinidad para celebrar el amor de nuestro Dios que es Padre, que es Hijo y que es Espíritu. No estamos solos en la vida. Siempre nos acompaña el amor trinitario de nuestro Dios.

 

Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Dogma de nuestra fe cristiana que nos identifica y distingue de todas las demás religiones o creencias de la humanidad: creemos en un solo Dios verdadero en tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 

Antes del siglo IX no se celebraba la fiesta de la Santísima Trinidad. Para los cristianos, todas las fiestas eran una celebración de la obra de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo. Pero surgió una herejía con el nombre de arrianismo que negó la divinidad de Cristo. Por reacción a esta herejía se desarrolló la espiritualidad Trinitaria que dio lugar a la formación de unas oraciones propias para una Misa en honor de la Santísima Trinidad. En el siglo XIV, el Papa Juan XXII estableció la celebración de la “Fiesta de la Santísima Trinidad” en la Iglesia universal.

 

Tenemos que recordar ahora, que el hombre no ha llegado de un solo golpe y desde el comienzo al conocimiento completo de sí mismo y de la realidad que le rodea. El misterio inicial del mundo y del hombre se nos ha ido aclarando poco a poco, y a pesar de la enorme cultura acumulada por la humanidad hasta hoy, sabemos que estamos apenas comenzando a hallar una respuesta. Algo semejante sucede con el pensamiento religioso: se ha ido perfeccionando, ha madurado mediante la acción del entendimiento y la aplicación de las experiencias. Ha madurado sobre todo gracias a la revelación de Dios que ha iluminado la reflexión y la experiencia del hombre.

 

La revelación de Dios y la experiencia más viva y personal de Él se concretó en un pueblo elegido para ese fin, el pueblo de Israel. Israel superó la idolatría y comenzó a tener la experiencia de un Dios único, supremo, superior al tiempo, al universo, a las fuerzas naturales y al ser humano; un Dios personal y cercano, y que desarrolla un plan amoroso de salvación para toda la humanidad.

 

La revelación que fue desarrollándose en el Pueblo de Dios alcanzó su máxima expresión en Jesucristo.

 

Las lecturas de la Sagrada Escritura que nos presenta la Liturgia de este domingo vienen a recordarnos todo esto. En la primera lectura Moisés rezaba: "Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros". Aunque Israel es un pueblo de dura cerviz, Moisés sabe que nuestro Dios es "compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia". No es un Dios insensible y castigador ni amigo de escarmientos o mano dura, sino un Dios que se compadece, que perdona y que está lleno de ternura por sus hijos.

 

Está presente el pecado, el retroceso, la desviación o el cansancio. Nuestro grito desde el alma es también: "que mi Señor vaya con nosotros". Pero es que tampoco somos un grupo compacto. En nuestro caminar no vamos todos por el mismo sendero. Hay diferencias y distancias entre nosotros.

 

Somos un pueblo que va caminando pesadamente por las huellas de su Señor. San Pablo decía a los cristianos: "Alégrense. Trabajen por su perfección. Anímense y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes". No estamos solos. Somos una comunidad de hijos en los que el Espíritu va poniendo los rasgos de Jesús.

 

Jesús, al llegar el tiempo señalado, nos dio a conocer la existencia de la Trinidad. Esa revelación fue la consecuencia indirecta de una buena noticia que dio a la humanidad: lo que Dios quiere decirnos acerca del hombre. Así pues, el conocimiento de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo indica el sentido de la existencia humana y hace entrever lo que ha de ser nuestra meta final.

 

No es precisamente Dios quien resulta incomprensible cuando se quiere explicar la Trinidad. Es también el ser humano el que resulta inabarcable porque el horizonte de su fruto se confunde con el horizonte de la eternidad de Dios. Porque la frontera de su limitada naturaleza humana se adentra en la insondable inmensidad de la vida divina.

 

Lo que Cristo nos revela en la Trinidad es un misterio de intimidad en el Amor; es un Dios único, pero no aislado y solitario; es un Dios cuya unidad nace del Amor. Es un Dios con nombre de familia: Padre, Hijo y Espíritu de amor. Lo que Cristo nos revela en la Trinidad de Dios es el designio eterno de compartir la riqueza de la pluralidad divina y de su unidad con el hombre; el designio de incorporarnos a su divina comunidad de amor. Lo que Cristo nos revela en la Trinidad es la invitación a identificarnos con Él; a compartir su Espíritu filial hacia el Padre; a compartir su Espíritu fraterno hacia todos los hermanos.

 

La vida del cristiano consiste en saber rastrear las huellas de la comunidad trinitaria a través de toda la creación y de todos los acontecimientos históricos.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.