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Píldora De Meditación 346 PDF Imprimir E-mail


LA CRUZ Y EL DIABLO



En cierta ocasión el Maestro se encontraba en un monte cortando leña y haciendo cruces para sus amigos que quisieran ir a su reino.


Un muchacho que andaba por el lugar sabía esto y comentó: he oído decir que invitaba a todos para vivir en su reino. Preguntando por su paradero, alguien le indicó la dirección del lugar donde se encontraba el Maestro preparando con un hacha todo lo que cada uno de sus amigos necesitaría para el viaje hacia su reino.


Ni corto ni perezoso se fue a buscarlo al bosque. Apenas lo encontró le preguntó qué estaba haciendo y Jesús le contestó: estoy preparando una cruz para cada uno de mis amigos, tendrán que cargar con ella para poder entrar en mi reino.


¿Puedo ser yo también uno de tus amigos? Preguntó de nuevo el joven.


Claro que sí, le respondió Jesús. Estaba esperando que me lo pidieras. Ahora bien, si quieres serlo de verdad tendrás que tomar tu cruz y seguir mis huellas porque yo me voy adelante para preparar el lugar.


Y ¿cuál es mi cruz, Señor?


Mira, esta que acabo de terminar. Esperaba que vinieras y me puse a prepararla.


Preparada, preparada, lo que se dice preparada no está, pensó el joven. Y tenía razón porque la cruz no era más que dos troncos mal cortados con el hacha. Por todas partes sobresalían las ramas de cada tronco. No se había esmerado Jesús con aquello. Sin embargo, pensando que quería entrar en el reino, se dejó de miramientos y decidió cargar la cruz sobre sus hombros, comenzando a caminar con la mirada puesta en las huellas que había dejado el Maestro. Pero apenas comenzó a caminar se le presenta el demonio y se acerca sonriendo y gritando: hola, estás olvidando algo. Extrañado por esa aparición y por esa llamada, el joven miró hacia el diablo que se acercaba con un hacha en la mano. El muchacho se molestó un poco y le preguntó al demonio: umm, pero cómo ¿también tengo que cargar el hacha? El demonio se hizo el inocente y le contestó: Bueno, no sé, pero me parece que es conveniente que te la lleves por si la necesitas para el camino; además sería una pena dejarla abandonada. La propuesta le pareció razonable, y sin pensarlo demasiado tomó el hacha y siguió su camino que, por cierto, muy pronto se le hizo bastante duro. Duro por la soledad. El muchacho creía que haría ese camino acompañado por el Maestro, pero ahora veía que sólo estaban sus huellas. Además, la cruz a pesar de no ser muy pesada era molesta por lo que no estaba bien terminada, las ramas que sobresalían del tronco se enganchaban por todas partes como si quisieran retenerlo y se clavaban en su cuerpo haciendo dolorosa la marcha.


Una noche especialmente fría el joven se detuvo a descansar en un descampado, colocó la cruz en el suelo, mientras se fijaba en el hacha. No hizo falta descubrir mucho para arreglar la cruz. Con calma fue cortando los nudos y las ramas salientes que más le molestaban. Mejoró el aspecto de los maderos y a la vez logró un montoncito de leña para una hoguera dónde calentarse un poco. Esa noche durmió tranquilo. A la mañana siguiente reanudó el camino. Noche a noche su cruz iba siendo mejorada, más llevadera y también le servía para calentarse. Casi se sintió agradecido con el demonio. Cada noche miraba la cruz y hasta se sentía satisfecho con el resultado del trabajo que había hecho para embellecerla. Ahora ya tenía un tamaño razonable y estaba tan pulida que parecía brillar bajo los rayos del sol. Un poco más y hasta podría levantarla con una sola mano como si fuera un estandarte.


Si le daban tiempo antes de llegar podría colgarla al cuello con una cadenita. Hasta resultaría un buen adorno sobre su pecho. Pero no tuvo tiempo para hacer realidad esos pensamientos, porque al día siguiente se encontró frente a frente con las murallas del reino. No sólo estaba feliz por llegar a la meta sino que también esperaba el momento de poder presentarle a Jesús la cruz que tanto había perfeccionado. Pero cómo les parece que ninguna de las dos cosas fue sencilla.


Para empezar la puerta de entrada al reino estaba colocada en lo alto de la muralla, abierta como si se tratara de una ventana y a una altura considerable. Pero el joven no se desanimó, comenzó a gritar insistentemente anunciando su llegada. Y el Señor apareció en lo alto invitándole a entrar. El joven se desesperó un poco y le dijo: Señor, pero ¿cómo puedo entrar si la puerta está demasiado alta y no alcanzo? El Señor le explicó: mira, apoya la cruz contra la muralla y luego trepas por ella, por algo dejé yo tantas ramas en tu cruz, para que te sirvieran ahora. Además, tiene el tamaño justo para que alcances la entrada. En aquel momento el joven se dio cuenta de que realmente la cruz que Jesús le había entregado tenía sentido. De verdad que el Señor le había preparado bien la cruz, pero ya era tarde. Su pequeña cruz tan pulidita, tan recortadita, tan bonita, era un juguete inútil.


El diablo había resultado mal consejero y buen enemigo. Así y todo, el Señor era más bondadoso y compasivo de lo que podía imaginar el joven y no se había olvidado de la buena voluntad del muchacho y hasta de su generosidad para seguirlo. Por eso le dio otra oportunidad y un consejo: Mira, vuelve sobre tus pasos y seguramente en el camino encontrarás a alguien que está cansado con su cruz. Ayúdalo a traerla. Así harás que logre alcanzar la meta y al mismo tiempo podrás subir por ella para entrar en mi reino.



(Adaptación de Francisco Sastoque, o.p.)