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EL CORAJE DE LA VERDAD

 

 

La hora que suena en el cuadrante de la historia exige efectivamente de todos los hijos de la Iglesia un gran coraje, y de manera especial el coraje de la verdad, que el Señor en persona ha recomendado a sus discípulos, cuando ha dicho: "que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no" (Mt 5,37).

 

¡Cuántas veces la divina Escritura nos advierte...! (cfr. Gál 1,8-9). ¡Cuántas nociones aparecen en el curso de los siglos, las cuales parecían, en su época, más inteligibles que el misterio de la Cruz y el nombre de Jesús Salvador! (cfr. 1Cor 1,18-25). Los ídolos renacen siempre. Pero ¿qué seria del cristianismo, si se le redujese a una ideología, a una sociología naturalista? ¿Qué cosa sería la Iglesia, si se dejase despedazar con tantas sectas? No, Cristo ha venido a liberar al hombre de todos los ídolos, y ante todo de todo aquello que construye su espíritu de siglo en siglo: con “la energía salvaje de las pasiones y el escepticismo disoluto de la inteligencia humana en hecho de religión... ninguna verdad, por cuanto es sagrada, puede oponer resistencia por mucho tiempo” (Card. Giovanni Enrico Newman, Apologia pro vita sua. History of my religious opinions, Longamns, Londres 1902, cap. V.).

 

El coraje de la verdad se impone más que nunca a los cristianos, si quieren ser fieles a su vocación de dar un alma a este mundo nuevo que se está buscando. Que nuestra fe a Cristo sea sin desquebrajarse, en esta época nuestra contramarcada, como aquella de san Agustín, por una verdadera “miseria y penuria de verdad” (San Agustín, Serm. 11,11; Miscellanea Agostiniana 1930, 256). Que cada uno esté dispuesto a vitam impendere vero! (Giovenale, Sat. IV, 91).

 

El coraje de proclamar la verdad es también la primera e indispensable caridad que los pastores de almas deben ejercitar. No admitan jamás, incluso bajo el pretexto de la caridad hacia el prójimo, que un ministro del Evangelio anuncie una palabra puramente humana... Por esto hacemos un llamado a todos los pastores responsables a fin de que alcen su voz cuando sea necesario, con la fuerza del Espíritu Santo (cfr. Hch 1,8), para aclarar lo que es turbio, enderezar lo que está torcido, rescatar lo que está perdido, fortalecer lo que es débil, iluminar lo que es tenebroso. Esta, más que nunca, es la hora de la claridad por la fe de la Iglesia...

 

 

PP. PABLO VI (Respuesta al Sacro Collegio Cardenalizio, Insegnamenti VIII (1970), 585 y 586-587.