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Primer Domingo Adviento B PDF Imprimir E-mail


“El tiempo aparentemente


sin contenido

 

como el que tenemos ahora,


lo llena una referencia última:

 

la venida del Señor”

 

 

Primer Domingo Adviento B

 


Libro del profeta Isaías (Is 63,16b-17; 64,13b-8)

 

“¡Tú, Señor, eres nuestro padre, «nuestro Redentor» es tu nombre desde siempre! ¿Por qué, Señor, nos desvías de tus caminos y endureces nuestros corazones para que dejen de temerte? ¡Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad!

¡Ojalá rasgaras el cielo y descendieras, derritiendo los montes con tu presencia!

Cuando hiciste portentos inesperados, que nadie había escuchado jamás, ningún oído oyó, ningún ojo vio a otro Dios, fuera de ti, que hiciera tales cosas por los que esperan en él. Tú vas al encuentro de los que practican la justicia y se acuerdan de tus caminos.

Tú estás irritado, y nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti. Nos hemos convertido en una cosa impura, toda nuestra justicia es como un trapo sucio. Nos hemos marchitado como el follaje y nuestras culpas nos arrastran como el viento.

No hay nadie que invoque tu Nombre, nadie que despierte para aferrarse a ti, porque tú nos ocultaste tu rostro y nos pusiste a merced de nuestras culpas.

Pero tú, Señor, eres nuestro padre, nosotros somos la arcilla, y tú, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 79)

R/. Señor, Dios nuestro, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.

 

Pastor de Israel, escucha

tú que te sientas sobre los querubines, resplandece.

Despierta tu poder y ven a salvarnos.

 

Dios de los ejércitos, vuélvete:

mira desde el cielo, fíjate,

ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó,

y que tú hiciste vigorosa.

 

Que tu mano proteja a tu escogido,

al hombre que tú fortaleciste.

No nos alejaremos de ti:

danos vida, para que invoquemos tu nombre.

 

 

Primera Carta de san Pablo a los Corintios (1Cor 1,3-9)

 

“Hermanos: La gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo estén con ustedes.

En mi Acción de gracias a Dios les tengo siempre presentes, por la gracia que Dios les ha dado en Cristo Jesús.

Pues por él han sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en ustedes se ha probado el testimonio de Cristo.

De hecho, no carecen de ningún don, ustedes que aguardan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

Él les mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusarlos en el tribunal de Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y Él es fiel!”

 

 

Aleluya

 

Aleluya, aleluya.

“Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”

Aleluya.

 


Evangelio de san Marcos (Mc 13,33-37)

 

“En aquél tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

-Miren, vigilen: pues no saben cuándo es el momento.

Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de los criados su tarea, encargando al portero que velara.

Velen entonces, pues no saben cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y los encuentre dormidos.

Lo digo les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Velen!”

 

 

Reflexión

 

El imperceptible virus “Covi-19”, en poco tiempo dejó al descubierto nuestra pobre, débil y frágil naturaleza humana. En esta realidad que estamos afrontando, vale la pena releer el texto del capítulo 63 del profeta Isaías, que la liturgia de este domingo nos propone a nuestra reflexión.

 

Esta pandemia nos ha dejado un mensaje muy concreto: el virus no duerme está activo, está acechándonos y en cualquier momento ataca. Por todos los medios de comunicación y de muchas formas nos han alertado, nos han insistido. Tenemos que estar alerta, tomemos todas las medidas y precauciones: que no salgas de casa, que utilices tapabocas, que te laves con frecuencia las manos; que si sales de casa, a todo momento estés desinfectando tus manos; que al regresar a casa, antes de ingresar te cambies toda la ropa y tomes un bañó con bastante jabón; que no juntes o revuelvas la ropa que acabas de quitarte con otra ropa sino que de inmediato procedas a lavarla muy bien; que desinfectes con alcohol las superficies que toques, etc… En síntesis: ¡tienes que estar alerta! ¡No te duermas!

 

Algo semejante es la recomendación que hacía insistentemente en el desierto de Judea y a orillas del río Jordán, Juan Bautista, cuando el Espíritu le hizo percibir la inminente llegada del Mesías. ¡Tenemos que estar alerta porque en cualquier momento llega el Señor!

 

Con el virus que ahora ataca a la humanidad, ha quedado despejado el tiempo de adviento. El Señor está cerca y puede venir en cualquier momento.

 

En este tiempo de la pandemia, he visto a muchas personas preocupadas corriendo para aquí y para allá, con el propósito de preparar diversas reuniones virtuales ordinarias o extraordinarias y otras tantas, con el jefe, con el profesor, con algún personaje, predicador, conferencista conocido en su región o de talla nacional o internacional. A veces nos sentimos o nos encontramos como el transeúnte virtual que se dirige por la red hacia algún lugar lejano o más cercano o como aquella persona que prepara el encuentro con alguien. A pesar de la cuarentena, el transcurrir de nuestra vida es el estar en pequeñas esperas o preparativos. Y cuando la espera se hace insistente y sorpresiva se transforma en expectación.

 

La expresión "Ad-viento", advenimiento, tiene un acentuado sentido de dirección y de situación en el encuentro con alguien. En lenguaje cristiano hace referencia a la última venida del Señor, su vuelta gloriosa y definitiva en su Reino. No un encuentro virtual sino verdaderamente real.  El Adviento se perfila como el tiempo de la espera, como la celebración solemne de la esperanza cristiana, abierta escatológicamente hacia la venida última y definitiva del Señor al final de los tiempos.

 

El adviento del Señor reviste múltiples facetas: se espera su llegada en la historia de la humanidad; se espera la visita del Señor en la profundidad de la historia de cada persona. No obstante, la espera expresada es única; porque la venida del Señor, aparentemente múltiple y fraccionada, también es única.

 

Querámoslo o no, siendo conscientes o no, estamos destinados a esperar en un lugar. ¿Cuál es nuestra sala de espera concreta? ¿La familia? ¿El sitio de trabajo? ¿El sitio de estudio? ¿El sitio de diversión? ¿La calle? ¿Cuál es nuestra sala de espera?

 

El lugar de nuestro Adviento o lugar de espera es nuestro mundo diario, del que no podemos prescindir por más que lo busquemos por todos los medios. Este mundo no es otra cosa que nuestro “desierto”.

 

Y es precisamente en el desierto donde se inaugura la Nueva Alianza con Juan el Bautista, y comienza propiamente el Evangelio (Mc 1,3; Mt 3,1). Pero quizá lo que a primera vista es más desconcertante es que el desierto es el lugar por excelencia de la pedagogía divina (Jer 2,2; Os 2,16; 13,15), donde se da descubrimiento y camino; descubrimiento de una profundidad, como profundo es el desierto, que no es otro que el mismo corazón del hombre (Salmo 64,7).

 

Nuestro lugar de espera es nuestra casa, nuestro mundo, la sociedad. Lugar de espera que se encuentra manchado por un virus mucho más peligroso que la “covid-19”, el virus de la injusticia, el virus de la violencia y el narcotráfico, el virus de la pobreza, el virus amenazante de la destrucción de nuestros valores humanos y cristianos, el virus mortal de la corrupción. Y es precisamente aquí en donde se sitúa nuestro compromiso en la espera de "un cielo nuevo y una tierra nueva" (Ap 21,1), "en donde reine la justicia y la paz" (Salmo 71,7). La espera escatológica del Señor tiene que ser estímulo para asumir un compromiso más intenso y una integración mayor para "hacer más decente el lugar de espera": Como predicaba Juan el Bautista, nuestra tarea es preparar los caminos del Señor en el desierto (Mt 6,13).

 

No, no sabemos el día ni la hora. Tampoco el lugar. En este primer domingo de Adviento te invitamos a traer al corazón algún momento de encuentro con Dios que haya sido significativo en tu vida, ese momento, o momentos, que guardas como un tesoro.

 

Acércate a él, destápalo despacio, como quien saca un objeto valioso de su caja y contémplalo. Deja que haga vibrar tu corazón, que lo ponga en marcha para empezar este Adviento. No tengas prisa; saborea tu recuerdo. Y cuando termines, no lo guardes, déjalo visible. Como ese objeto que solo tú y otra persona saben que tiene mensaje.

 

El Adviento es el lugar y el tiempo de la espera. Un tiempo aparentemente sin contenido como el que tenemos ahora, lo llena una referencia última: la venida del Señor. Por esto Jesús nos dice en este momento: “Miren, vigilen pues no saben cuándo es el momento”.

 

 

Francisco Sastoque, o.p.