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Segundo Domingo Cuaresma B PDF Imprimir E-mail


“Que la Luz de Cristo

 

nos ilumine para descubrir el rostro de Dios

 

en el pobre y necesitado”

 

 

Segundo Domingo Cuaresma B

 

 

Libro del Génesis (Gn 22,1-2.9a.15-18)

 

“En aquel tiempo Dios puso a prueba a Abrahán llamándole:

- ¡Abrahán!

Él respondió:

- Aquí me tienes.

Dios le dijo:

- Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio, sobre uno de los montes que yo te indicaré.

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí un altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor gritó desde el cielo:

- ¡Abrahán! ¡Abrahán!

Él contestó:

- Aquí me tienes.

Dios le ordenó:

- No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:

- Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, tu único hijo, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 115)

R/. Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.

 

Tenía fe, aun cuando dije:

“Qué desgraciado soy.”

Mucho le cuesta al Señor

la muerte de sus fieles.

 

Señor, yo soy tu siervo,

siervo tuyo, hijo de tu esclava:

rompiste mis cadenas.

Te ofrecí un sacrificio de alabanza,

invocando tu nombre, Señor.

 

Cumpliré al Señor mis votos,

en presencia de todo el pueblo;

en el atrio de la casa del Señor,

en medio de ti, Jerusalén.

 

 

Carta de san Pablo a los Romanos (Rm 8,31b-35a)

 

“Hermanos: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros, ¿cómo no nos dará todo con Él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios?

Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros?”

 

 

Versículo para antes del Evangelio

 

“En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre: Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo.”

 

 

Evangelio de san Marcos (Mc 9,2-10)

 

“En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

- Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Estaban asustados y no sabía lo que decía.

Se formó una nube que los cubrió y salió muna voz de la nube:

- Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos.

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

- No contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.

Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.”

 

 

Reflexión

 

La reflexión de hace ocho días estaba centrada en la soledad, la tentación, la tristeza, las angustias, el miedo, los problemas de nuestra vida presente…

 

Lo que el evangelista san Marcos nos propone hoy, ocurrió pocos días después de que Jesús anunciara que tenía que ir a Jerusalén donde iba a sufrir mucho. Aquel día se produjo una conmoción entre los discípulos. Fue un baldado de agua fría sobre muchas ilusiones. Pedro se resistió y discutió agriamente con Jesús; quizá llegó a pensar que un hombre que iba a morir en la cruz no podría ser el Mesías enviado por Dios. Esta situación contagió a los Doce. Me imagino a Simón Pedro y a los otros discípulos vigilando a todo momento día y noche a Jesús buscando algún detalle que les sacara de las dudas. Mirarían a Jesús al hablar, al comer, al dormir, al caminar... Hasta desearían ver dentro del mismo Jesús: ¿Quién era este hombre? ¿Qué escondía dentro del ropaje de hombre pobre y sencillo? ¿Qué misterio guardaría dentro? Así pasaron esos días anteriores.

 

Jesús va a la montaña a rezar llevando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Y allí en la montaña ocurrieron cosas maravillosas. Los discípulos estaban encantados ante lo que estaban viendo. Entonces Pedro exclamó: "Señor, ¡qué bien se está aquí!" Parece que allí estaban muy a gusto disfrutando de la verdadera grandeza del Señor. Pedro quería instalarse allí. Debía ser muy hermoso ver a Jesús como el Hijo amado de Dios, revestido de gloria y majestad. Siempre lo habían visto como un hombre bueno revestido de pobreza, de sencillez, de debilidad, agotado de cansancio, fracasado o triste hasta llorar. Lo habían visto insultado y despreciado por los poderosos de este mundo. Jesús había vivido como las personas más pobres, pero dentro guardaba un misterio maravilloso que en esa ocasión se les revelaba y lo estaban viendo y disfrutando.

 

No sé si tú has tenido alguna vez en tu vida una experiencia de Dios.  Pueden ser pocos instantes, solo un momento, pero tienen una fuerza especial. Nos ha podido ocurrir que nuestra vida de cada día esté llena de preocupaciones, de tareas rutinarias, de angustias y oscuridades: oramos, asistimos a la santa Misa, nos preocupan y sufrimos por los problemas sociales, políticos, económicos y religiosos, que dejan desastre, ruina, muertos, más pobreza y dolor, pero pareciera que a pesar de todo esto, nuestra fe cristiana nos dijera que Dios está con nosotros y no ocurre nada especial. Y un día, en cualquier momento, Dios entra en nuestra vida y ocurren cosas maravillosas. Ese día sentimos a Dios muy cerca, sentimos su cariño, su llamada, su palabra, su paz, su grandeza. Comprendimos este misterio. Se está muy bien. Estamos muy a gusto.

 

Esa experiencia de Dios, podría durar sólo un instante -en Dios no hay tiempo, sino eternidad- pero ya la vida no va a ser igual. Bajamos de nuestra montaña y nos encontramos con los mismos problemas, pero nuestro Dios pasó un día por nuestra vida y esa experiencia de Dios nos dejó marcados. En ese día reafirmamos nuestra fe en Jesús y descubrimos que la pasión es el camino de la Resurrección. Vamos por la vida buscando al Señor. Quisiéramos decir: Señor, ¡qué bien se está aquí! ¡Qué bien estar disfrutando del cariño de nuestro Dios, de su Palabra, de su Paz, de su Ternura! No sabemos cuándo. Pero por si acaso aquí estamos con nuestro deseo de Dios a flor de piel. Siempre esperamos la gracia de Dios que nos levante.

 

Hoy la liturgia nos habla de gloria, tiene un tono de esperanza, de promesa, de fuerza de ánimo ante las pruebas, de alegría.

 

Si Jesucristo pide en la oración luz y fuerza para seguir su camino, ¿no está indicándonos también que nosotros hemos de buscar estas ayudas? No seamos ni presuntuosos ni desconfiados. No podemos recorrer solos el camino, ni estamos solos para hacerlo. Como Jesucristo, hemos de buscar luz y fuerza en la oración, que nos abre a la comunión con el Padre en su Palabra que tenemos en la Escritura, y en la ayuda a los Hermanos que recorren el camino con nosotros.

 

Jesús les recomendó a los discípulos no comentar con nadie lo sucedido. Lo importante es que le escucharan. Esta es la primera actitud que debemos tener los cristianos: escuchar. María respondió al ángel “He aquí la esclava del Señor" e hizo silencio. Recordemos este orden: Jesús llamó a los que quiso para que estuvieran con El y luego enviarlos a predicar.

 

Tenemos que escuchar a Cristo en la celebración de la Eucaristía, pero también tenemos que escucharlo en el grito del pobre y del oprimido en el mundo. Hay que escucharle en la oración, en la lectura de la sagrada Escritura y en la liturgia, al igual que en el hermano. Escuchando a Cristo, Él nos escucha. Escuchando al pobre, Cristo nos escucha.

 

“Escuchar” es abrir nuestro entendimiento, nuestros oídos, nuestro corazón a Dios. Es descubrirnos ante Él, es abandonarnos a Él. Es dejar que Él hable, no nosotros; es dejar que Él nos ame. Es obedecer a su amor, es practicar su amor, es seguirle en el camino amoroso de la cruz.

 

Cristo no vino al mundo para instalarse en la cumbre de un cerro, rodeado de gloria y esplendor, sino para recorrer este duro camino que llevaba hacia Jerusalén, al sacrificio y a la cruz.

 

Pedro, sin saber lo que decía, le estuvo proponiendo a Jesús que dejara su misión por razones de comodidad. Esta es una tentación continua que a cada paso se nos presenta en nuestro caminar: Dejar de cumplir nuestra responsabilidad en el hogar, en el trabajo, en la profesión, por disfrutar un programa de televisión, la lectura del periódico, una charla por teléfono, disponer de tiempo para adquirir bienes sin importarnos la forma de conseguirlo... Dejar que se cometa aquella injusticia con una persona, por no meterse en líos... Quitar tiempo a la esposa y a los hijos, porque se pasa mejor con los amigos...

 

Escuchemos al Señor en la santa Misa y en el humilde y necesitado (cfr. Mt 25,31-43). No olvides: Dios tiene rostro humano, rostro de hombre, rostro de pobre, rostro de enfermo, rostro de anciano, rostro de necesitado.

 

 

Francisco Sastoque, o.p..