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“¿Por qué eligió Dios

 

el camino del sufrimiento

 

para salvarnos?”

 

 

Vigésimo Quinto Domingo Ordinario B

 

 

Libro de la Sabiduría (Sab 2,17-20)

 

“[Dijeron los malos]:

Acechemos al justo, que nos resulta incómodo: se opone a nuestras acciones, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada; declara que conoce a Dios y se da el nombre de hijo del Señor; es un reproche para nuestras ideas y sólo verlo da grima; lleva una vida distinta de los demás y su conducta es diferente; nos considera de mala ley y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras; declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por padre a Dios.

Veamos si sus palabras son verdaderas, comprobando el desenlace de su vida.

Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará y lo librará del poder de sus enemigos; lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura, para comprobar su moderación y apreciar su paciencia; lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues dice que hay quien se ocupa de él.”

 

 

Salmo Responsorial (Salmo 53)

R/. El Señor sostiene mi vida.

 

Oh Dios, sálvame por tu nombre,

Sal por mí con tu poder.

Oh Dios, escucha mi súplica,

Atiende a mis palabras.

 

Porque unos insolentes se alzan contra mí,

Y hombres violentos me persiguen a muerte

Sin tener presente a Dios.

 

Pero Dios es mi auxilio,

El Señor sostiene mi vida.

 

Te ofreceré un sacrificio voluntario

Dando gracias a tu nombre que es bueno.

 

 

Carta del apóstol Santiago (St 3,16-4,3)

 

“Hermanos: Donde hay envidias y peleas, hay desorden y toda clase de males.

La sabiduría que viene de arriba, ante todo es pura y, además es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera.

Los que procuran la paz están sembrando la paz; y su fruto es la justicia.

¿De dónde salen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es acaso de los deseos de placer que combaten en su cuerpo?

Codician lo que no pueden tener; y acaban asesinando.

Ambicionan algo y no pueden alcanzarlo; así que luchan y pelean.

No lo alcanzan, porque no lo piden.

Piden y no reciben, porque piden mal, para derrocharlo en placeres.”

 

 

Aleluya

 

Aleluya, aleluya.

“Dios nos llamó por medio del Evangelio, para que sea nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo”.

Aleluya.

 

 

Evangelio de san Marcos (Mc 9,29-36)

 

“En aquel tiempo, instruía Jesús a sus discípulos. Les decía:

- El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; después de muerto, a los tres días resucitará.

Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa les preguntó:

- ¿De qué discutíais por el camino?

Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:

- Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.

Y acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:

- El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.”

 

 

Reflexión

 

La vida diaria nos muestra un sin número de injusticias, crímenes, robos, atentados contra la dignidad humana… que se cometen en especial con los pobres, débiles, desamparados e indefensos, en los que sus actores, al poco tiempo de cometer sus fechorías, quedan absolutamente impunes, debido al mediocre ejercicio de aplicar justicia. Nuestro mundo está envenenado, por el virus de la lepra de la corrupción, que ha invadido todos los ambientes de la sociedad, desde los más bajos grupos sociales hasta los estratos más altos, agravado, además, por el deseo de enriquecimiento fácil así sea ilícito, presionado por grupos violentos, del narcotráfico y la guerrilla… Para verificar lo afirmado solo observemos las sentencias de los jueces, magistrados de las Altas Cortes, al Senado de la Republica, a dirigentes políticos y económicos…

 

A esto se puede agregar el ataque mordaz contra la vida, la familia, la religión y la imposición de una pobre educación carente de valores éticos y morales… Hoy, por la mediocridad en la formación de muchos docentes, no se educa en el respeto a la dignidad de la persona humana, la solidaridad, el respeto, el servicio, la paciencia, la comprensión, la tolerancia, la diferencia… Más bien se insiste en la competencia, en la búsqueda del dinero fácil con el menor esfuerzo y aceptando con mucha facilidad que para conseguirlo, todos los medios son lícitos.

 

Los que confían en Dios aguardan una acción divina oportuna que repare la afrenta contra la dignidad y la sociedad. Esto raramente aparece o, al menos, no queda claro cómo y cuándo sucede. Y para complicar más las cosas, la mayoría de las veces confundimos venganza con justicia divina. Esperando de Dios más lo primero que lo segundo.

 

La justicia divina es la que busca tornar el mal recibido por un bien transformador. Como diría el profeta Ezequiel, seis siglos antes de la llegada de Jesús, Dios no busca la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

 

El evangelio de este domingo nos cuenta que Jesús marchaba con sus discípulos por poblaciones y campos, y en cierto momento surgió la confianza y Jesús sintiendo el deseo de comunicar aquello que roia su interior, anunció por segunda vez que el Hijo del hombre sería entregado, le matarían y a los tres días de haber muerto resucitaría.

 

Ahora, surge esta pregunta: ¿Por qué eligió Dios el camino del sufrimiento para salvarnos? Nosotros sabemos que Dios es Omnipotente, Todopoderoso, que con solo desearlo nos hubiera salvado de tanto dolor y miseria. Su palabra tiene tanto poder que con ella hubiera sido suficiente. Pero, la pasión y muerte del Señor es lo que Dios quiere, pues, “tanto amo Dios al mundo, que entrego a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).

 

Muerte y resurrección. Para unos pueden ser solo conceptos enigmáticos; para otros, axiomas inaceptables. El Señor ha venido a revelarlo, a gritar que ha llegado la suerte gozosa para el género humano, aunque para que así sea, Él, el amigo, el Hijo del Padre, tendrá que pasar por crueles sufrimientos hasta la muerte.

 

Mientras Jesús vivía esta tragedia en su interior, sus discípulos discutían sobre quién sería el más importante. Entonces, Jesús retoma la discusión de los discípulos que estaban concentrados, no en la enseñanza del Maestro, sino en la repartición de los cargos burocráticos de un hipotético gobierno, y reconduce la discusión mediante un ejemplo tomado de la vida diaria. Siendo el “niño” una de las criaturas más insignificantes de la cultura antigua, Jesús colocó a uno de esos pequeños en medio de los apóstoles y les muestro cómo el presente y el futuro de la comunidad está en colocar en el centro a las personas más postergadas y simples. Sólo así la comunidad es una alternativa ante el “mundo”, que solo sabe poner en el centro a las personas adineradas y poderosas. La novedad de Jesús consiste en proclamar nuevos valores. Lo importante no es triunfar, estar arriba, sino servir; así lo demostrara el día culminante de su vida, en la última Cena, lavándoles los pies a los apóstoles. La grandeza no está en la erudición del sabio o los grandes títulos o en el poder del fuerte, sino en la ingenuidad y debilidad del niño; pues saludando al sabio, al fuerte y al poderoso, satisfacemos nuestra vanidad y soberbia; pero, abrazando al niño nos acogemos a Dios y de Él nos contagiamos de su grandeza y amor. El ultimo es el primero. El que es nada, será el más importante. Es más importante una oveja perdida que noventa y nueve que se encuentran seguras en el corral. El que se humilla será enaltecido. Por eso, una sociedad que mira solo por los de arriba, no garantiza ni el Reino ni la Vida; ésta solo puede sobrevivir en un mundo que desde abajo mire por los de abajo, por quienes no tienen derechos y a quienes se les viola continuamente su dignidad.

 

No dejemos pasar las expresiones que nos deja hoy el apóstol Santiago: “Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia. ¿De dónde vienen las luchas y los conflictos entre ustedes? ¿No es, acaso, de las malas pasiones que siempre están en guerra dentro de ustedes? Ustedes codician lo que no pueden tener y acaban asesinando. Ambicionan algo que no pueden alcanzar, y entonces combaten y hacen la guerra”.

 

La codicia y la ambición son los mayores generadores de violencia. La avidez de la riqueza y del poder conducen a la negación de los derechos humanos fundamentales y a la violación de la normatividad jurídica.

 

“Los pacíficos siembran la paz y cosechan frutos de justicia”. Estos dos verbos –“sembrar” y “cosechar”–, tomados de las faenas del campo, expresan paciencia en la espera de resultados. Los dos verbos nos sugieren que estos procesos toman tiempo. Seamos pacientes y seamos sembradores de paz, en el lugar en que nos encontramos.

 

 

Fray Luis Francisco Sastoque, o.p.