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La concepción tomista de la virtud es fiel al pensamiento aristotélico, de quien se separa únicamente en la cuestión de las virtudes teologales, virtudes desconocidas por Aristóteles. El alma realiza los actos que le son propios mediante las facultades.

Cuando estos actos se repiten, las facultades adquieren unas cualidades gracias a las cuales el sujeto puede realizar con más facilidad las actividades que les son propias. Estas cualidades dan a las facultades una disposición añadida a su tendencia natural y son los hábitos. Los hábitos pueden ser buenos (virtudes) o malos (vicios). Son virtudes si le facultan al sujeto para la realización de actos conforme a la norma de la moralidad, y son vicios si son contrarios a dicha regla.

A diferencia del intelectualismo moral, y siguiendo a Aristóteles, Santo Tomás consideró que para la conducta buena no es suficiente que la razón nos enseñe correctamente el deber, además es preciso que la facultad apetitiva esté bien dispuesta mediante el hábito de la virtud moral. Dado que en el alma humana encontramos el entendimiento y las facultades apetitivas (la voluntad y el apetito inferior), y que las virtudes son perfecciones de dichas facultades, podremos encontrar dos tipos generales  de virtudes, las intelectuales y las morales.

 

VIRTUDES INTELECTUALES


 

El conocimiento puede ser de dos tipos: conocimiento especulativo o teórico cuyo objetivo es la contemplación de la verdad, y el conocimiento práctico que tiene como objetivo la dirección de la conducta, tanto para que con ella podamos producir todo tipo de artefactos útiles o bellos, como para que con ella alcancemos la vida buena y feliz. En este sentido se puede hablar de dos tipos de entendimiento y de dos tipos generales de virtudes intelectuales:

1. Entendimiento especulativo: cuyas virtudes son

  • La inteligencia o hábito para la contemplación de los primeros principios.
  • La ciencia o hábito para la posesión de las conclusiones a partir del razonamiento.
  • La sabiduría o hábito para la posesión de los principios más universales y de las primeras causas.


2. Entendimiento práctico: cuyas virtudes son

  • El arte: virtud intelectual dirigida a la producción de artefactos, bien sea ex­ternos o corporales como es el caso de las artes mecánicas o serviles (la caza, la pesca, la agricultura, la arquitectura, la medicina,...), bien sea internos o mentales como en las artes liberales (las incluidas en el trivium –gramática, retórica y dialéctica o lógica y en el quatrivium –aritmética, geometría, astronomía y música).
  • La prudencia: o saber lo que debemos hacer en cada caso; la posición de esa virtud es ambigua pues en cierto sentido es una virtud intelectual (es un hábito que perfecciona el entendimiento), pero en otro es una virtud moral, y ello en razón de su objeto, pues se refiere precisamente a los asuntos morales, a lo que cada uno debe hacer en cada situación concreta para realizar el bien).

 

VIRTUDES MORALES


 

Las virtudes morales perfeccionan las facultades o potencias apetitivas, tanto las inferiores o apetitos sensibles como la voluntad. Mediante estas virtudes nuestras facultades apetitivas se inclinan hacia lo conveniente y conforme al juicio de la razón. La repetición de los actos provoca en nosotros la aparición de hábitos o disposiciones estables gracias a los cuales nuestra alma puede obrar en determinada dirección con facilidad. Cuando estos hábitos nos predisponen adecuadamente para el cumplimiento del bien reciben el nombre de virtudes y en caso contrario de vicios.

Otra tesis característica de la ética tomista consiste en la consideración de la virtud moral como el justo medio: el bien moral consiste en la conformidad del acto voluntario con la regla dictada por la razón, y la igualdad o conformidad es un medio entre el exceso y el defecto. En relación con la justicia, el medio virtuoso es objetivo o independiente de las peculiaridades del sujeto y consiste en dar a cada uno lo que se debe, ni más ni menos. En el caso de la templanza y la fortaleza,  virtudes que tienen como objeto el control de las pasiones, el medio virtuoso no es el mismo para todos los hombres sino que depende de las peculiaridades de cada persona y de las circunstancias. Para ilustrar la idea del justo medio pone Santo Tomás de Aquino el ejemplo del magnánimo; es preciso saber administrar la generosidad, pues en ella cabe el exceso y el defecto; se es magnánimo cuando se es generoso al máximo, pero se puede caer en el exceso si lo somos sin atender a las circunstancias: donde no debemos serlo, o cuando no debemos serlo, o por una razón inconveniente; y se cae en el defecto cuando no tendemos a ello cuando y donde es necesario.

 Dado que las virtudes morales son perfecciones de las facultades apetitivas podemos fijarnos en el tipo de apetito para hacer una clasificación de las virtudes. El siguiente esquema describe las virtudes morales más importantes:

1. Virtud que perfecciona el apetito superior o voluntad: la justicia; reside en la voluntad y consiste en el hábito de dar a cada uno lo que le corresponde:

  • Cuando la justicia se refiere al bien de toda la comunidad se llama justicia general o legal.
  • Cuando se refiere al bien de cada individuo se divide en
  • distributiva: por ella la sociedad da a cada uno de los miembros lo que le corresponde en función de sus méritos y circunstancias;
  • y conmutativa: rige los intercambios entre los individuos y consiste en dar lo igual por lo igual.


2. Virtudes que perfeccionan el apetito inferior (irascible y concupiscible): están relacionadas con las pasiones:

Fortaleza: el apetito irascible es el responsable de la pasión hacia los bienes difíciles de conseguir o audacia y de la pasión hacia los males difíciles de evitar o temor; la fortaleza domina precisamente estas pasiones y nos ayuda a hacer el bien aunque alguna otra cosa nos dañe o amenace dañarnos y nos dificulte la acción buena.


Templanza: el apetito sensitivo concupiscible nos lleva a buscar los bienes sensibles y a huir de los males sensibles, y nos puede arrastrar hacia bienes sensibles contrarios al bien de la razón. La templanza modera este apetito y nos ayuda a seguir queriendo el bien propuesto por la razón a pesar de la atracción que podamos tener hacia un bien sensible contrario; nos permite hacer el bien aunque una cosa nos guste o no nos guste.
 

Es común denominar “virtudes cardinales” a las cuatro virtudes fundamentales de la vida moral: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. A estas virtudes “naturales” añade Santo Tomás otras “sobrenaturales” o teologales: tienen como objetivo Dios mismo y perfeccionan la disposición humana dirigida al orden sobrenatural: fe (creer en Dios y en su palabra revelada), esperanza (confiar en la gracia de Dios para la realización de nuestra felicidad en la vida eterna)  y caridad (amar a Dios sobre todas las cosas y a los demás como a nosotros mismos por amor de Dios). Son infundidas en nosotros por Dios.