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Vida Cristiana
Novena de Aguinaldos PDF Imprimir E-mail

Según la tradición, los cristianos comenzaron a celebrar el nacimiento de Cristo, hacia el año 135 de nuestra era.
El papa san Telésforo (125 - 136) respaldó esta costumbre, aunque la conmemoración, según las diversas regiones, tenía lugar en distintos meses del año.
Pero fue san Francisco de Asís quien impulsó de veras la devoción al Niño Dios, cuando en 1224 celebró una devota y pintoresca Navidad en Greccio, un pueblecito de la Umbría. Instaló rústicas imágenes de la Sagrada Familia en un pesebre, donde un asnillo y un buey descansaban y ante ellas él mismo cantó el Evangelio de la Natividad.
Ya en nuestro continente, la devoción navideña se incrementó por obra de Fray Fernando de Jesús Larrea, un franciscano nacido en Quito en 1700. Luego de su ordenación sacerdotal en 1725, ejerció como predicador en muchos lugares del Ecuador y de Colombia.
A este misionero debemos la primera novena de Navidad que circuló en nuestras tierras. Escrita, según parece, por petición de doña Clemencia Caicedo, fundadora del convento de la Enseñanza en la capital colombiana.
Dicho texto fue después adaptado por la madre María Ignacia (Bertilda Samper), religiosa de la misma orden de doña Clemencia.
Con el correr del tiempo, la Novena de Aguinaldos ha sido objeto de variados retoques, algunos poco afortunados, para adaptarla a los tiempos y las circunstancias de los fieles.
Aquí hemos reemplazado las consideraciones clásicas por reflexiones más cercanas al texto bíblico, presentadas con un lenguaje asequible aún a los niños.

 
Corpus Christi PDF Imprimir E-mail

masschoir225Esta fiesta se comenzó a celebrar en Lieja en 1246, siendo extendida a toda la Iglesia occidental por el Papa Urbano IV en 1264, teniendo como finalidad proclamar la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía. Presencia permanente y substancial más allá de la celebración de la Misa y que es digna de ser adorada en la exposición solemne y en las procesiones con el Santísimo Sacramento que entonces comenzaron a celebrarse y que han llegado a ser verdaderos monumentos de la piedad católica. Ocurre, como en la solemnidad de la Trinidad, que lo que se celebra todos los días tiene una ocasión exclusiva para profundizar en lo que se hace con otros motivos. Este es el día de la eucaristía en sí misma, ocasión para creer y adorar, pero también para conocer mejor la riqueza de este misterio a partir de las oraciones y de los textos bíblicos asignados en los tres ciclos de las lecturas.

 El Espíritu Santo después del dogma de la Trinidad nos recuerda el de la Encarnación, haciéndonos festejar con la Iglesia al Sacramento por excelencia, que, sintetizando la vida toda del Salvador, tributa a Dios gloria infinita, y aplica a las almas, en todos los tiempos, los frutos  extraordinarios de la Redención.  Si Jesucristo en la cruz nos salvó, al instituir la Eucaristía la víspera de su muerte, quiso en ella dejarnos un vivo recuerdo de la Pasión. El altar viene siendo como la prolongación del Calvario, y la misa anuncia la muerte del Señor. Porque en efecto, allí está Jesús como una víctima, pues las palabras de la doble consagración nos dicen que primero se convierte el pan en Cuerpo de Cristo, y luego el vino en Su Sangre, de manera que, ofrece a su Padre, en unión con sus sacerdotes, la sangre vertida y el cuerpo clavado en la Cruz.

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