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DÍA PRIMERO


 

CONSIDERACIÓN

En el principio de los tiempos el Verbo Eterno reposaba en el seno de su Padre en lo más alto de los cielos. Allí era la causa, a la par que el modelo de toda la creación. En esas profundidades de una incalculable eternidad permanecía el Niño de Belén. Allí es donde debemos buscar sus principios que jamás han comenzado; de allí debemos datar la genealogía del Eterno que no tiene antepasados, y contemplar la vida de complacencia infinita que allí llevaba.

 

La vida del Verbo Eterno en el seno de su Padre era una vida maravillosa y, sin embargo, misterio sublime, busca otra morada en una mansión creada. No era porque en su mansión eterna faltase algo a su infinita felicidad sino porque su misericordia infinita anhelaba la redención y la salvación del género humano, que sin Él no podría verificarse. El pecado de Adán había ofendido a un Dios y esa ofensa infinita no podría ser condenada sino por los méritos del mismo Dios. La raza de Adán había desobedecido y merecido un castigo eterno; era pues, necesario para salvarla y satisfacer su culpa que Dios, sin dejar el cielo, tomase la forma del hombre sobre la tierra y con la obediencia a los designios de su Padre, expiase aquella desobediencia, ingratitud y rebeldía. Era necesario en las miras de su amor que tomase la forma, las debilidades e ignorancia sistemática del hombre, que creciese para darle crecimiento espiritual; que sufriese, para morir a sus pasiones y a su orgullo y por eso el Verbo Eterno ardiendo en deseos de salvar al hombre resolvió hacerse hombre también y así redimir a la humanidad.



DÍA SEGUNDO

(LA ORACIÓN DEL PRIMER DÍA)


 

CONSIDERACIÓN

El Verbo Eterno se halla a punto de tomar su naturaleza creada en la santa casa de Nazareth, en donde moraban María y José. Cuando la sombra del secreto divino vino a deslizarse sobre ella, María está sola y concentrada en la oración. Pasaba las silenciosas horas de la noche en la unión más estrecha con Dios, y mientras oraba, el Verbo tomó posesión de su morada creada. Antes de presentarse envió un mensajero, que fue el Arcángel San Gabriel, para pedir a María de parte de Dios su consentimiento para la Encarnación. El Creador no quiso efectuar este gran misterio sin la aceptación de su criatura.

Aquel momento fue muy solemne, la virgen María podía rehusar. Con qué adorables delicias, con qué inefable complacencia aguardaría la Santísima Trinidad a que María abriese los labios y pronunciase el Sí que debió ser melodía para sus oídos y con el cual se confirma su profunda humildad a la omnipotente voluntad divina.

La Virgen inmaculada ha dado su Sí. El Arcángel ha desaparecido. Dios se ha revestido de una naturaleza creada; la voluntad eterna está cumplida y la creación, completa.

En las regiones del mundo angélico estallaba un júbilo inmenso, pero la Virgen María ni lo oía ni hubiese prestado atención a él. Tenía inclinada la cabeza, su alma estaba sumida en un silencio que asemejaba al de Dios; el Verbo se había hecho carne y aunque todavía invisible para el mundo habitaba ya entre los hombres a quienes su inmenso amor había venido a rescatar.

No era ya solo el Verbo Eterno, era el Niño Jesús que ha asumido toda la condición humana y justificando ya el elogio que de Él han hecho todas las generaciones al llamarle el más hermoso de los hijos de los hombres.

(Todo lo demás como el día primero)



DÍA TERCERO

(LA ORACIÓN DEL PRIMER DÍA)


 

CONSIDERACIÓN

Así había comenzado su vida encarnada el Niño Jesús. Consideremos el alma gloriosa y el santo cuerpo que había tomado, adorándolos profundamente.

Admirando, en primer lugar el alma de ese divino Niño, consideremos en ella la plenitud de su gracia santificadora, la de su ciencia beatífica y por la cual desde el primer momento de su vida, vio la divina Esencia más claramente que todos los ángeles y leyó lo pasado y lo porvenir con todos los arcanos y conocimientos. No supo nunca por adquisición voluntaria nada que no supiese por infusión desde el primer momento de su ser; pero Él adoptó todas las debilidades de nuestra naturaleza a que dignamente podía someterse aún cuando no fuesen necesarias para la grande obra que debía cumplir. Pidámosle que sus divinas facultades suplan la debilidad de las nuestras y les dé nueva energía; que su memoria nos enseñe a recordar sus beneficios, su entendimiento, a pensar en Él, a no hacer sino su voluntad, lo que él quiere y en servicio suyo.

Del Alma del Niño Jesús pasemos ahora a su cuerpo, que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios. Él quiso que fuese pequeño y débil como el de todos los niños y sujeto a todas las incomodidades de la infancia para asemejarse más a nosotros y participar de nuestras humillaciones. El Espíritu Santo formó ese cuerpecito con tal delicadeza y tal capacidad de sentir, que pudiese sufrir hasta el exceso para cumplir la grande obra de nuestra redención. La belleza de ese cuerpo del Divino Niño fue superior a cuantos se han imaginado jamás y la divina sangre que por sus venas empezó a circular desde el momento de su Encarnación, es la que lava todas las manchas del mundo culpable. Pidámosle que lave las nuestras en el Sacramento de la Reconciliación, para que el día de su dichosa Navidad nos encuentre purificados, perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.

(Todo lo demás como el día primero)



DÍA CUARTO

(LA ORACIÓN DEL PRIMER DÍA)


 

CONSIDERACIÓN

Desde el seno de la Virgen María, comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, la cual continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba, conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades.

¿Quién de nosotros quisiera retroceder a un estado semejante, sin pleno goce de la razón y de la reflexión? ¿Quién pudiera sostener a sabiendas un martirio tan prolongado, tan penoso de todas maneras? Por ahí entró el Divino Niño en su dolorosa y humillante carrera; así empezó a anonadarse delante de su Padre, a enseñarnos lo que Dios merece por parte de su criatura y a expiar nuestro orgullo, origen de todos nuestros pecados, y hacemos sentir toda la criminalidad y el desorden de este orgullo.

Si deseamos hacer una verdadera oración, empecemos por formarnos de ella una exacta idea, contemplando el Niño en el seno de su santísima Madre. El Divino Niño ora del modo más excelente; no habla, no medita, no se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado lo acepta con la intención de honrar a Dios en su oración y en ese estado expresa altamente todo lo que su Dios merece, y de qué modo quiere ser amado por nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos a su profundo abatimiento y sea este el primer afecto de nuestro sacrificio a Dios, no para ser algo, como lo pretende continuamente nuestra vanidad, sino para ser nada, para estar eternamente consumidos y anonadados; para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza, aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria. Desaparezcamos a nuestros ojos, y que sea Dios todo para nosotros.

(Todo lo demás como el día primero)



DÍA QUINTO



(LA ORACIÓN DEL PRIMER DÍA)

CONSIDERACIÓN

Ya hemos visto la vida que llevaba el Niño Jesús en el seno de su Purísima Madre. Veamos hoy también la vida que llevaba María durante el mismo espacio de tiempo. Necesidad hay de que nos detengamos en ella si queremos comprender, en cuanto es posible nuestra limitada capacidad, los sublimes misterios de la Encarnación y el modo como hemos de corresponder a ellos.

María no cesaba de suspirar por el momento en que gozaría de esa visión beatífica terrestre: la faz de Dios encarnado. Estaba a punto de ver aquella faz humana que había de iluminar el cielo durante toda la eternidad. Iba a leer el amor filial en aquellos mismos ojos, cuyos rayos debían esparcir para siempre la felicidad en millones de elegidos. Iba a ver aquel rostro todos los días, a todas horas, a cada instante durante muchos años. Iba a ver en la ignorancia aparente desde la infancia, en los encantos particulares de la juventud, en la serenidad reflexiva de la edad madura. Podría estrechar aquella faz divina contra la suya con toda la libertad del amor materno. Cubriría de besos los labios que debían pronunciar la sentencia a todos los hombres. Lo contemplaba a su gusto durante su sueño, o despierto hasta que lo hubiese aprendido de memoria. iCuán ardiente deseaba ese día!

Tal era la vida de expectativa de María; era inaudita en sí misma, mas no por eso dejaba de ser el tipo magnífico de toda vida cristiana.

No nos contentemos con mirar a Jesús en el ser de María, sino que pensemos que en nosotros también habita Cristo. Si Jesús nace continuamente en nosotros por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra cooperación con la gracia, la manera del alma del que se halla en gracia, es un seno perpetuo de María, un Belén interior sin fin. Después de la comunión, Jesús habita en nosotros durante algunos instantes y sustancialmente como Dios y como Hombre, porque el mismo Niño que estaba en María está también en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo eso si no una participación de la vida de María durante esos maravillosos meses, y una expectativa tan llena de delicias como la suya?
(Todo lo demás como el día primero)



DÍA SEXTO

(LA ORACIÓN DEL PRIMER DÍA)


 

CONSIDERACIÓN

Jesús había sido concebido en Nazareth, casa de José y María y allí se creía que había de nacer según todas las posibilidades. Pero Dios tenía todo dispuesto de otra manera; y los profetas habían anunciado que el Mesías nacería en Belén de Judá, la ciudad de David. Para que se cumpliera esta predicción Dios se sirvió de un medio que no parecía tener ninguna relación con el objeto a saber: la orden dada por el Emperador Augusto de que todos los súbditos del imperio Romano se empadronasen en el lugar de dónde eran originarios. María y José, como descendientes de David no estaban dispensados de ir a Belén, y ni la situación de la Virgen Santísima, ni la necesidad en que estaba José de trabajo diario, que le aseguraba su subsistencia, pudo eximirlos de este largo y penoso viaje, en la estación más rigurosa e incómoda del año, como era el invierno.

No ignoraba Jesús en qué lugar debía nacer, y así inspira a sus padres que se entreguen a la Providencia y de esa manera concurran inconscientemente a la ejecución de sus designios. Observemos ese manejo del Divino Niño, porque es el más importante de la vida espiritual; aprendamos que Él se halla entregado totalmente a Dios para hacer su voluntad. Tendremos ocasión de observar esta dependencia y esta fidelidad inviolable en toda la vida de Jesucristo y este es el punto sobre el cual se han esmerado en imitarle los verdaderos cristianos, renunciando absolutamente a su propia voluntad.

(Todo lo demás como el día primero)



DÍA SÉPTIMO

(LA ORACIÓN DEL PRIMER DÍA)


 

CONSIDERACIÓN

Representemos el viaje de la virgen María y José hacia Belén, llevando consigo, aún no nacido, al Creador del Universo, hecho hombre; contemplemos la humildad y la obediencia de ese Divino Niño. Que la humildad de Jesús nos enseñe a amar esa hermosa verdad.

iAh!, que llegue el momento en que aparezca el deseado de las naciones porque todo clama por ese feliz acontecimiento. El mundo sumido en la oscuridad y en el malestar, buscando y no encontrando alivio a sus males, suspira por su libertador. El anhelo de Jesús y la expectativa de María son casos que no puede explicar el lenguaje humano. El Padre Eterno se halla, si nos es lícito emplear esta expresión, adorablemente impaciente por dar a su hijo único al mundo, y verle ocupar su puesto entre las criaturas visibles. El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del día esa santa humanidad bella que Él mismo ha formado con tan especial y divino esmero.

En cuanto al Divino Niño, objeto de tantos anhelos, recordemos que hacia nosotros avanza lo mismo que hacía Belén. Apresuremos con nuestros deseos el momento de su llegada; purifiquemos nuestros corazones para que sean su mansión terrena. Que nuestros actos de mortificación y desprendimiento preparen los caminos del Señor y hagan rectos sus senderos.

(Todo lo demás como el día primero)



DÍA OCTAVO

(LA ORACIÓN DEL PRIMER DÍA)


 

CONSIDERACIÓN

Llegan a Belén José y María, buscando posada en los sitios de hospedaje, pero no lo encuentran, ya por hallarse todo ocupado, ya porque se les desecha a causa de su pobreza. Empero nadie puede turbar la paz interior de los que están fijos en Dios. Si José experimentaba tristeza cuando era rechazado de casa en casa, porque pensaba en María y en el Niño, se sonreía también con santa tranquilidad cuando fijaba la mirada en su casta esposa. El Niño, aún no nacido, se regocijaba en aquellas negativas, que eran el preludio de sus humillaciones venideras.

Cada voz áspera, el ruido de cada puerta que se cerraba ante ellos, era una dulce melodía para sus oídos. Eso era lo que había contribuido a hacerle tomar forma humana.

iOh, Divino Niño de Belén! Estos días que tantos han pasado en fiestas o diversiones o descansando en cómodas y ricas mansiones, han sido para tus padres unos días de fatiga y vejaciones de toda clase. iAh!, El Espíritu de Belén es el de un mundo que ha olvidado a Dios. Cuántas veces no ha sido también el nuestro. ¿No cerramos continuamente con ruda ignorancia la puerta a los llamamientos de Dios, que nos solicita convertirnos o santificarnos o conformarnos con su voluntad? ¿No hacemos mal uso de nuestras penas desconociendo su carácter celestial aunque cada una, a su modo, lo lleva grabado en sí? Dios viene a nosotros muchas veces en la vida, pero no conocemos su faz, no le conocemos sino cuando nos vuelve la espalda y se aleja, después de nuestra negativa.

Se pone el sol del 24 de diciembre detrás de los tejados de Belén y sus últimos rayos doran la cima de las rocas escarpadas que lo rodean.

Hombres groseros codean rudamente al Señor en las calles de aquella aldea oriental, y cierran las puertas al ver a su Madre. La bóveda de los cielos aparece purpurina por encima de aquellas colinas frecuentadas por los pastores. Las estrellas van apareciendo una tras otra. Algunas horas más, y aparecerá el Verbo Eterno de Dios.

(Todo lo demás como el día primero).



DÍA NOVENO

(LA ORACIÓN DEL PRIMER DÍA)


 

CONSIDERACIÓN

La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desechados por los hombres y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población, y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina.

Seguía a la Reina de los ángeles el humilde borrico que le había servido de cabalgadura durante el viaje y en aquella cueva hallaron un manso buey, dejado ahí probablemente por alguno de los caminantes que había ido a buscar hospedaje en la ciudad. El Divino Niño, desconocido por sus criaturas acude a los animales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto su humilde actitud, el respeto y la adoración que le había negado la gente de Belén. La tenue luz que José sostenía en la mano ilumina tenuemente ese pobrísimo recinto, ese pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del altar y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres. María está en adoración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las horas de esa noche llena de misterios.

Pero ha llegado la media noche y de repente vemos dentro de ese pesebre, poco antes vacío, al Divino Niño esperado, vaticinado, deseado miles de años con tan inefables anhelos. A sus pies se postra su Santísima Madre en los transportes de una adoración de la cual nada puede dar idea. José también se le acerca y le rinde el homenaje con que inaugura su misterioso e imperturbable oficio de padre adoptivo del Redentor de los hombres.

La multitud de ángeles que descienden del cielo a contemplar esa maravilla sin par, deja estallar su alegría y hace vibrar en los aires las armonías del canto celestial "Gloria in Excelsis Deo", que es el eco de adoración que se produce en torno al trono del Altísimo, hecha perceptible por un instante a los oídos de la pobre tierra. Convocados por ellos, vienen en tropel los pastores de la comarca a adorar al recién nacido y a prestarle sus humildes ofrendas.

Ya brilla en Oriente la misteriosa estrella de Jacob; y ya se pone en marcha hacia Belén la caravana espléndida de los Reyes Magos, que dentro de pocos días vendrán a depositar a los pies del Divino Niño el oro, el incienso y la mirra, que son símbolos de la caridad, de la oración y de la mortificación.

iOh Adorable Niño Dios! Nosotros también, los que hemos hecho esta novena para prepararnos al día de tu Navidad, queremos ofrecerte nuestra pobre adoración; no la rechaces: ven a nuestras almas, ven a nuestros corazones llenos de amor. Encienda en ellos la devoción a tu santa infancia, no intermitente y solo circunscrita al tiempo de tu Navidad sino siempre y en todos los tiempos; devoción que fiel y celosamente propagada nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas.

(Todo lo demás como el día primero)